De Villazón a la Gran Manzana y un Desahogo

RAÍCES Y ANTENAS 05/04/2015
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Estoy cansado de la economía y la política, y para festejar la apertura de la flor de la esperanza democrática, les cuento un par de historias y un desahogo de coyuntura.

El lengua de oro del loro. Durante toda mi infancia y parte de la adolescencia tuve un loro pequeño, llamado Felipe en Villazón. Lo recibí de regalo de un pariente que vivía en Las Higueras. Se decía que había conocido al Che Guevara. A lo largo de más de 15 años intenté hacerle hablar. Usé todas las técnicas imaginables. Todo amigo o pariente que lo conocía, lo primero que me preguntaba era si él hablaba, y frente a la respuesta negativa, tenía algún consejo para soltarle la lengua al pajarraco. Dale miga de pan remojada en vino tarijeño, tápale los ojos durante tres días, pon una radio al lado de su jaula a la hora de las noticias, colócale un discurso de Fidel y otras decenas de milagrosas sugerencias. Nunca conseguí sacarle una palabra. Se fue a la tumba con sus secretos de Vallegrande. Si estuviese vivo tal vez podría revelar muchas confidencias del comandante. Para compensar mi frustración de infancia decidí comprar un loro que hablase hasta por los codos en la selva de Nueva York, donde se dice que si algo no se encuentra en esta ciudad es porque no existe. Fui a una tienda fantástica, estaban todos los pajarracos del planeta. Era las Naciones Unidas de los loros y otras especies. Habían papagayos africanos, latinoamericanos, asiáticos y muchos de ellos no sólo hablaban sino eran políglotas. Me entusiasmé tanto que decidí comprar uno pequeño que me recordaba al loro de mi infancia y sabía decir hola en tres idiomas. Costaba la baratija de mil dólares (y después nos extraña que nuestra flora y fauna esté en extinción). Salí de la tienda mudo como el loro chaqueño que conoció al Che.

Picnic potosino. Para combatir el frío y el nublado nada como un día de campo potosino, del cual existen varias versiones. Para nuestros amigos lectores de los valles y trópicos, conceptualmente significa encamarse todo el día aplastado por frazadas de grueso calibre. Apolillar debajo de los pullus, además de combatir el frío, tiene beneficios de gimnasia aeróbica horizontal, no se olvide que con cada movida en la cama uno puede estar levantando entre diez o 15 kilos de cobertores. Estos feriados largos son buenas ocasiones para practicar el picnic potosino.

La versión de fin de semana del picnic potosino incluye buena comida y malas compañías. Se recomienda a media tarde servirse un ají de fideo corbatita decorado con perejil virgen y acompañado de ulupicas frescas y escabeche de cebollas enanas. El postre debe ser frutas de la temporada, naranjas, mandarinas, pasankallas y maní. Se sugiere usar platos para comer, porque el extravío de semillas o cáscaras en el laberinto de colchas puede tener un destino no deseado. Se conocen casos de gente que ha encontrado pepas de naranjas en lugares innombrables, un mes después del picnic.

Estar en el sobre 48 horas no es una tarea fácil, por eso se recomienda un poco de televisión, el mejor programa para este tipo de ocasiones es un viejo capítulo de Viaje a las Estrellas con el Dr. Spock, el de las orejas puntilladas y que hace muy poco partió rumbo a otros universos. Opcionalmente se puede ver un campeonato de golf en Miami, pero relatado por locutor de FM para que sus efectos sedativos funcionen. También funciona el noticiero del canal estatal que muestra, con realismo e imparcialidad, el luminoso camino del proceso de cambio.

¿En qué novela te quedarías a vivir? Hace algunas semanas leí un artículo de El País que hacia una pregunta que me persigue hace varias semanas, especialmente en las madrugadas inútiles que a veces nos toca vivir. Tengo que compartirla con Ustedes, amables lectores, para así exorcizarla de mi poblado disco duro. Es como un desahogo para mí, perdone la confianza. La interrogante era: ¿en qué novela de la literatura universal te quedarías vivir?

Pasé muchas horas repasado novelas, Obviamente vinieron a mi mente fragmentos de La Ciudad y los Perros de Vargas Llosa, y la trilogía de Henry Miller, Nexus, Sexus y Plexus. También me invadió Milan Kundera con la Insustentable Levedad del Ser o El Hombre que Amaba a los Perros de Leonardo Padura. Obviamente, trasladarse a una novela con la marraqueta bajo el brazo no es una tarea sencilla. Me ayudó a visualizar el tremendo desafío la película de Woody Allen La Rosa Purpura del Cairo, donde el actor principal de la peli ingresa y comienza a interactuar con los personales de otro filme. En mi caso, la tarea parecía más mundana, yo debía entrar a una obra de literatura que, encima, podía escoger. Si me largo a vivir no en otro país sino en otra novela, pensé que una condición fundamental debía ser saber el idioma original en el que fue escrita, sino cómo me entendería con mis nuevos amigos.

Después de muchos cabildeos decidí ir a vivir a la novela El Otoño del Patriarca de García Márquez tal vez impulsado por la coyuntura y debo confesar que me siento en casa, donde lo nuevo ya huele a pasado, donde ya nadie tiene el monopolio de la esperanza y el cambio. Ingresé a la novela el día 29 de marzo, al finalizar el día, y escribo desde sus páginas. Estoy cansado de la economía y la política, y para festejar la apertura de la flor de la esperanza democrática, les cuento un par de historias y un desahogo de coyuntura.

El lengua de oro del loro. Durante toda mi infancia y parte de la adolescencia tuve un loro pequeño, llamado Felipe en Villazón. Lo recibí de regalo de un pariente que vivía en Las Higueras. Se decía que había conocido al Che Guevara. A lo largo de más de 15 años intenté hacerle hablar. Usé todas las técnicas imaginables. Todo amigo o pariente que lo conocía, lo primero que me preguntaba era si él hablaba, y frente a la respuesta negativa, tenía algún consejo para soltarle la lengua al pajarraco. Dale miga de pan remojada en vino tarijeño, tápale los ojos durante tres días, pon una radio al lado de su jaula a la hora de las noticias, colócale un discurso de Fidel y otras decenas de milagrosas sugerencias. Nunca conseguí sacarle una palabra. Se fue a la tumba con sus secretos de Vallegrande. Si estuviese vivo tal vez podría revelar muchas confidencias del comandante. Para compensar mi frustración de infancia decidí comprar un loro que hablase hasta por los codos en la selva de Nueva York, donde se dice que si algo no se encuentra en esta ciudad es porque no existe. Fui a una tienda fantástica, estaban todos los pajarracos del planeta. Era las Naciones Unidas de los loros y otras especies. Habían papagayos africanos, latinoamericanos, asiáticos y muchos de ellos no sólo hablaban sino eran políglotas. Me entusiasmé tanto que decidí comprar uno pequeño que me recordaba al loro de mi infancia y sabía decir hola en tres idiomas. Costaba la baratija de mil dólares (y después nos extraña que nuestra flora y fauna esté en extinción). Salí de la tienda mudo como el loro chaqueño que conoció al Che.

Picnic potosino. Para combatir el frío y el nublado nada como un día de campo potosino, del cual existen varias versiones. Para nuestros amigos lectores de los valles y trópicos, conceptualmente significa encamarse todo el día aplastado por frazadas de grueso calibre. Apolillar debajo de los pullus, además de combatir el frío, tiene beneficios de gimnasia aeróbica horizontal, no se olvide que con cada movida en la cama uno puede estar levantando entre diez o 15 kilos de cobertores. Estos feriados largos son buenas ocasiones para practicar el picnic potosino.

La versión de fin de semana del picnic potosino incluye buena comida y malas compañías. Se recomienda a media tarde servirse un ají de fideo corbatita decorado con perejil virgen y acompañado de ulupicas frescas y escabeche de cebollas enanas. El postre debe ser frutas de la temporada, naranjas, mandarinas, pasankallas y maní. Se sugiere usar platos para comer, porque el extravío de semillas o cáscaras en el laberinto de colchas puede tener un destino no deseado. Se conocen casos de gente que ha encontrado pepas de naranjas en lugares innombrables, un mes después del picnic.

Estar en el sobre 48 horas no es una tarea fácil, por eso se recomienda un poco de televisión, el mejor programa para este tipo de ocasiones es un viejo capítulo de Viaje a las Estrellas con el Dr. Spock, el de las orejas puntilladas y que hace muy poco partió rumbo a otros universos. Opcionalmente se puede ver un campeonato de golf en Miami, pero relatado por locutor de FM para que sus efectos sedativos funcionen. También funciona el noticiero del canal estatal que muestra, con realismo e imparcialidad, el luminoso camino del proceso de cambio.

¿En qué novela te quedarías a vivir? Hace algunas semanas leí un artículo de El País que hacia una pregunta que me persigue hace varias semanas, especialmente en las madrugadas inútiles que a veces nos toca vivir. Tengo que compartirla con Ustedes, amables lectores, para así exorcizarla de mi poblado disco duro. Es como un desahogo para mí, perdone la confianza. La interrogante era: ¿en qué novela de la literatura universal te quedarías vivir?

Pasé muchas horas repasado novelas, Obviamente vinieron a mi mente fragmentos de La Ciudad y los Perros de Vargas Llosa, y la trilogía de Henry Miller, Nexus, Sexus y Plexus. También me invadió Milan Kundera con la Insustentable Levedad del Ser o El Hombre que Amaba a los Perros de Leonardo Padura. Obviamente, trasladarse a una novela con la marraqueta bajo el brazo no es una tarea sencilla. Me ayudó a visualizar el tremendo desafío la película de Woody Allen La Rosa Purpura del Cairo, donde el actor principal de la peli ingresa y comienza a interactuar con los personales de otro filme. En mi caso, la tarea parecía más mundana, yo debía entrar a una obra de literatura que, encima, podía escoger. Si me largo a vivir no en otro país sino en otra novela, pensé que una condición fundamental debía ser saber el idioma original en el que fue escrita, sino cómo me entendería con mis nuevos amigos.

Después de muchos cabildeos decidí ir a vivir a la novela El Otoño del Patriarca de García Márquez tal vez impulsado por la coyuntura y debo confesar que me siento en casa, donde lo nuevo ya huele a pasado, donde ya nadie tiene el monopolio de la esperanza y el cambio. Ingresé a la novela el día 29 de marzo, al finalizar el día, y escribo desde sus páginas.

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