Jesús y Pilato, la Verdad y el Poder

EL SATÉLITE DE LA LUNA 05/04/2015
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El diálogo entre Jesús y Poncio Pilato ocupa un lugar destacado en el relato de la Pasión de Jesús según San Juan.

El imperio romano se basaba no sólo en la fuerza de sus legiones (todos los imperios lo hacen y acaban en cuanto aparece una nación más fuerte), sino también en la justicia. La “Pax Romana” era una fusión de sometimiento militar y de seguridad jurídica para todos sus súbditos.

En ese marco, como sugiere J. Ratzinger (Benedicto XVI) en su libro “Jesús de Nazaret”, es más fácil entender el conflicto que vivió Pilato en los dos frentes que se le abrieron en la fortaleza Antonia de Jerusalén el 14 de nisán (abril) del año 30.

Fuera del Pretorio estaba la aristocracia judía que, en el rol de fiscal (¡disculpen la palabrota!), ya había condenado a Jesús por blasfemo y por los riesgos que su predicación suponía para los pingües negocios del Templo. Adentro, sin armas ni seguidores, esperaba su condena un hombre acusado oportunistamente de liderar una revolución violenta contra Roma.

El diálogo de Pilato con los acusadores (coadyuvados en esta circunstancia por los simpatizantes de Barrabás) es un diálogo de sordos, donde aquellos están dispuestos a todo (incluso a renegar de su ideología antiimperialista) con tal de ver a Jesús morir en una cruz.

Al contrario, el diálogo del representante del imperio con Jesús (sea cual fuere su historicidad) es político y se centra en dos temas concadenados: el poder (el Reino) y la verdad. A la pregunta de Pilato si es “Rey”, en el entendido de que “rey de los judíos” era el apodo de los insurrectos judíos, (algo así como “comandante” de las guerrillas de antaño), Jesús responde que sí es Rey, o sea que tiene Poder, pero de una manera diferente a la de este mundo: sin violencia y con la verdad.

“Sin violencia” pudo sonar a los oídos de Pilato como una confirmación de tener delante de sí a un soñador inofensivo, pero la complementación “con la verdad” tuvo que turbarlo profundamente.

De hecho, Pilato se enfrenta a un dilema personal: condenar a un inocente o apegarse a su rol de administrador de la justicia; optar por la verdad o por el pragmatismo; aplicar el derecho o poner en riesgo su carrera a causa de las intrigas de los judíos. Conocemos la elección de Pilato, como conocemos los fallos de los muchos Pilatos que cada día administran la justicia (penal, civil o electoral) en nuestra sociedad.

Pero, en el fondo, el cuestionamiento de Jesús es conceptual: el Poder se sustenta en gran medida en la mentira y el engaño que los políticos “astutos” llaman, eufemísticamente, “razón de Estado”. Casi es posible afirmar que el Poder es mentiroso genéticamente, más allá de las artimañas que realiza para conservarse. Y cuando digo Poder pienso en todos los poderes, los políticos de todo color, los sociales, los académicos, los mediáticos, los empresariales y hasta los religiosos. ¿Qué más prueba de lo que se observa cada día a nuestro alrededor, en Bolivia y en el mundo?

Además, la mentira del Poder viene siempre acompañada por el cinismo. Antes de dictar sentencia, Pilato se lava las manos con la movida desesperada de dejar a la turba la decisión de optar por Jesús, el Hijo del Padre, o por el “terrorista” Bar-abbá (hijo del padre) –un mismo nombre, pero dos maneras antagónicas de concebir el Reino– tratando de encubrir, mediante una medida populista, la mentira que ya ha consumado en su corazón.

Una leyenda medioeval cuenta que a la pregunta de Pilato, “Quid est veritas?” (¿Qué es la verdad?), Jesús contestó con un anagrama, el más lindo de la historia: “Est vir qui adest” (Es el hombre que está delante de ti). Ese hombre es la Verdad que contemplamos y rememoramos en Semana Santa.

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