El único poema del Chueco

OJO DE VIDRIO 25/06/2015
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Hace algunos meses, Paraguay reeditó la obra de su escritor insigne, Augusto Roa Bastos. Uno de los capítulos de su novela Hijo de Hombre se refiere a la tragedia que también cuenta Augusto Céspedes en El Pozo, un diario inserto al inicio de Sangre de Mestizos. Hace poco le di a Homero Carvalho un libro que destaca el poema introductorio, el único que escribió en su vida este vigoroso prosista que fue el Chueco. No hay descripción más honda y visceral de las arenas del Chaco, porque Augusto Céspedes era todo menos un mero intelectual: pensaba y obraba con la cabeza pero también con el corazón, con la razón pero también con las vísceras, el cuerpo, la intuición, el tinkazo y el buen decir que lo aproxima tanto a Quevedo.

Yo leo y releo la prosa boliviana, a diferencia de algunos que dicen leer El Quijote cada año; tuve una juventud de espaldas a mi país y de cara a todo lo que venía de afuera, así fuera del llamado boom latinoamericano, pero hoy busco entre los libros usados obras bolivianas y las compro regularmente. Ayer volví a comprar Sangre de Mestizos y Metal del Diablo (ésta, debo confesar, en edición chuta) y no me explico dónde quedó esta manera de escribir prosa y verso: Tu paisaje incurable es una tarde plana / en que giraba el disco / de moscas que rezaban un réquiem azul-verde / por los hombres y animales muertos / bajo la corona de espinas / de tu arboleda enferma con terciana muda. / Olor a degüello, a gasolina / y alguna vez también / el santo olor del guayacán / quemaba sueños del trasmundo / hacia donde se arrastran tus picadas.

¿Puede haber retrato más doloroso que estos y otros versos del poema “Terciana muda”, de Céspedes? René Zavaleta, que prologa la publicación del libro, destaca uno de los últimos versos de este poema largo: Ahora eres patria, Chaco, / de los muertos sumidos en tu vientre…”.

Céspedes y Montenegro tuvieron fama de malditos. No hubo izquierdista de la época que no hablara mal de ellos; pero, aparte de buenos prosistas, eran repentistas agudos. Cuando Céspedes concurrió a la TV a una entrevista lo acusaron de ser el autor intelectual de los fusilamientos de Chuspipata ocurridos en 1944 y el Chueco no se amilanó al contestar: Si yo hubiera sido autor intelectual, hubiese mejorado la lista en cantidad y calidad. Un sonoro desplante.

Montenegro no era menos. En una biografía inédita de Franklin Anaya Arze cuento que él estudiaba Derecho y era procurador en el bufete de José Antonio Rico Toro y Carlos Montenegro. Juntos hicieron un tango que titulaba A tu salud, compañero, del cual no hallamos la partitura sino sólo la noticia en un diario de la época, que decía: Música: Franklin Anaya; Letra: Carlos Montenegro. Al parecer él se opuso a los estudiantes izquierdistas que propiciaron la convención de 1928 y ellos salieron a las calles a pedir la cabeza de Montenegro; pero llegó la hora de escribir el bando bufo, una tradición que se ha perdido, y recordaron que el único que los escribía era precisamente el Fiero Montenegro. Fueron, pues, a pedirle disculpas y a preguntarle si se animaba otra vez. Y el célebre Fiero contestó: Está bien, lo voy a hacer, pero conste que es la segunda vez que piden mi cabeza.

Las descripciones que Céspedes hace de Zenón Omonte, alias de Simón I. Patiño, son de una prosa maciza, conceptual, irónica, hoy perdida. Él con su obra y Montenegro con Nacionalismo y Coloniaje destituyeron de la historia a los Barones del Estaño y sentaron las bases ideológicas y anímicas de la revolución del 52.

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