Hace poco, el 21 de marzo, como desde 1980, un grupo de amigos llegó hasta la cruz al borde del camino polvoriento, única señal que recuerda el sitio donde los paramilitares botaron el cuerpo torturado del sacerdote y periodista Luis Espinal. Éramos siete u ocho personas, Isabel Vizcarra, Amparo Carvajal, Eulogia Mejía, Waldo Albarracín y unos jóvenes, los últimos que recuerdan el martirio del jesuita.
Poco a poco los homenajes han decaído y desde hace lustros que ya no se realiza la romería que solía partir desde el Colegio San Calixto, en el borde del casco histórico paceño, hasta los extramuros de Achachicala, barrio que crece hasta tocar aquel sendero que hace 35 años era agrario y solitario. No conozco que otros centros jesuitas en el resto del país dediquen una especial jornada para rememorar al cura que simbolizó la Teología de la Liberación en Bolivia.
Tampoco tengo certeza que en las universidades católicas repartidas en todo el territorio exista un monumento para que las nuevas generaciones al menos se pregunten quién era ese flaco narigón que los saluda sereno. Dirán que Espinal no quería estatuas ni memoriales, igual que seguramente ello no estaba en la mente de Don Bosco, pero esas referencias son parte de la reconstrucción histórica.
Los que más recuerdan al migrante catalán son los cineastas, no sólo en salas que llevan su nombre sino en diferentes libros y cursos, donde siempre se nombra a quien aportó a mejorar y esparcir el momento de oro de la filmografía paceña y el apogeo de los clubes juveniles para debatir clásicos del celuloide.
Juan del Granado fue uno de los pocos políticos durante la democracia que alentó memoriales en el centro citadino y en el emblemático parque de El Montículo para tener presentes a los héroes y mártires que lucharon por la democracia y la justicia social. En La Paz hay un barrio popular con el nombre de Espinal y varias escuelas públicas ahí, en El Alto y en las minas.
Sus compañeros más cercanos, Xavier Albó y el desparecido Luis Alegre, además de Gloria Ardaya, se encargan regularmente de hablarnos sobre su vida cotidiana, su entrega a los pobres, su participación en la histórica huelga de hambre en 1977 y su opción por unir la vida religiosa con la resistencia al poder dictatorial. Entre los fundadores del Semanario Aquí, es un recuerdo permanente porque fue demasiado fuerte para dejarlo atrás.
Esta semana el Papa Francisco se detendrá un momento para rezar por él, cerca del Matadero donde fue flagelado hasta la muerte; ojalá que esa oración toque a todos.