El autobús circula a trompicones siguiendo el lento circuito de su ruta. Como siempre, la gente más paciente se acomoda en los asientos que pudo conseguir y dormita con un ojo mientras con el otro cuida su bolsa, atado o paquete. Los apurados se quedan cerca de la puerta para bajar cuando el semáforo esté en rojo o la voz de mando del maestrito grite “pueden aprovechar”. Y, de repente, suenan los gritos de pasajeros y de quienes advierten desde afuera… se va a caer, se va a caer. Temblando, el conductor aceleró y logró sortear la hondonada. Ahora es un puente que parece hamaca. Fue en Cochabamba, en la populosa y comercial zona sur, sembrada de mercados y mil negocios.
Esta quincena quería hablar, precisamente, de nuestros mercados, esos espacios multicolores y desafiantes de nuestras ciudades. Pero, ocurrió lo que acabo de contarles y ¿cómo ignorarlo?
Mientras en Cochabamba se está debatiendo, en una especie de diálogo de sordos, la posible construcción de un estadio monumental que no se necesita y la instalación de un tren metropolitano que sería de gran utilidad, pero cuya adjudicación y costos dejan muchas dudas, por decir lo menos, estos días se hundió el puente distribuidor sobre la avenida Seis de Agosto, cuyos defectos de construcción ya habían sido advertidos hace algunos meses (otra vez frente a oídos sordos y voces prepotentes), fue retocado e igual colapsó, felizmente sin pérdida de vidas; planean demoler el Hospital del Niño, construido a la carrera y sin la supervisión adecuada; la Escuela de las Artes, terminada hace algunos meses e inaugurada con gran pompa por el Presidente del Estado Plurinacional, no se usó nunca hasta ahora, se está deteriorando a ojos vista y ya le fueron sustraídos varios elementos de su equipamiento sanitario.
En otras ciudades pueden verse, en una especie de macabro recorrido del desperdicio, mercados sin instalación de agua, coliseos de instalación deficiente que no se pueden usar, hospitales y colegios recién construidos sin estrenar porque no hay ítems para personal ni funcionamiento; en el Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure (Tipnis) hay regadas lanchas con motor fuera de borda, que fueron donadas profusamente en sitios donde conseguir gasolina es una verdadera hazaña.
Y la lista puede seguir. Eso sí, en cada oportunidad (a veces hasta tres veces con la misma obra) hay inauguraciones con discursos, guirnaldas, serpentina, cervecita, fotos y mistura. Cada estreno es una fiesta. Pero, después no queda nadie para arreglar el desperdicio ni recoger los platos rotos. ¿Quién puede oponerse a obras necesarias? Lo que indigna es el despilfarro, el descuido y mal manejo.
Llorando, llorando me viene a cuento un huayño que anuncia en tono pícaro y decidido: “Gracias a Dios soy soltero, viditay, de nadie soy su marido y si me emborracho es con mi plata”. De acuerdo con que el folclorista farree con su plata, pero cuando de obras públicas se trata, que autoridades y funcionarios del gobierno central, de las gobernaciones y de los municipios no lo hagan con la nuestra. Ni con la mía ni con la de ustedes, un escaso treinta y pico por ciento de ciudadanos y ciudadanas que paga impuestos oficial y formalmente, y otro porcentaje que se los paga informalmente a funcionarios ediles, dirigentes gremiales y otras yerbas. Por tanto ¡que las autoridades aprendan del huayño!