El mar es de los peces, dice una cita anónima. Debe ser también de las aves marinas, de los cormoranes que, posados en las palmeras, asemejan a grandes y parlantes frutos negros. De las miles de gaviotas que arman barullo en las olas crecidas y de los pelícanos, aves veloces y acrobáticas al lanzarse en picada perfecta en busca de su alimento. Es de los albatros, de los vencejos, de los gorriones robustecidos por el aire salino.
¿Será el mar de las petroleras que lo envenenan? ¿Será del bullicio de las ciudades? ¿Será de los pozos sépticos y de los ríos moribundos? ¿Será de la “civilización” que lo acorrala?
El mar es de las pulguitas de agua, insectos parecidos a los escarabajos, “mariquitas” marinas a las que les gusta enterrarse en la arena. Es de los cangrejos que, de cuando en cuando, (cada vez menos), corren rápidamente cerca de uno, dando la sensación de una fantasmagórica aparición. Debe ser de los moluscos, seres que con sus residuos, regalan la magnificencia del nácar, el esplendor de las conchitas, la suavidad de la arena.
¿El mar será de las balleneras que lo desangran? ¿De las culturas violentas que asesinan a sus criaturas como pasatiempo? ¿Será de las noticias que, cada día, nos anuncian una nueva masacre, una anual matanza, un reiterado “desastre ecológico”?
El mar es de los delfines y su danza acrobática, de los enormes y soñadores lobos marinos o de las ballenas de música recóndita. Debe ser de los tiburones, animales magníficos e incomprendidos. Es de las traslúcidas medusas, de los corales y de los bosques de algas.
¿El mar será de las multinacionales empecinadas por convertirlo en una tumba en el desierto? ¿Será de las corporaciones que le colocaron precio? ¿De los bancos que lo rifan e hipotecan? ¿Será de unas cuantas familias enriquecidas con el sudor ajeno?
El mar es de los pescadores, de aquellos ojos hondos, pero cansados; de la piel curtida por el trabajo de sol a sol. Debe ser de los pescadores, de esos a los que se les van acabando las corvinas, reinetas, congrios y merluzas y ven su mesa desprovista. Es de los estibadores, olvidados fundadores de las utopías más bellas y subversivas. Es de las señoras que cantan anunciando viandas deliciosas, mientras, orgullosas las caderas, esquivan la espuma. Debe ser de la “melodía que transforma el temporal en poesía”. Es del viejo y de Hemingway.
¿Será el mar de los que lo trastocan en basurero, en una pestilente cárcava común, en un depósito de plásticos y chatarra?
El mar es de los niños que construyen castillos de arena, de los enfermos de saudade que buscan su tempestuoso arrullo, de los fanáticos de los atardeceres y de los viajeros incansables. Debe ser de los que juegan con las olas o de los que se remontan a volar en sus profundidades. Es de los amantes furtivos, de los solitarios suicidas, de Penélope y su espera, de Alfonsina y su tristeza, del dulce “barquinho” de Roberto Menescal y Ronaldo Boscoli. Es de los canes bañistas.
¿El mar será de los que derramaron sangre en su nombre? ¿Será de los que le estallaron bombas y le escupieron los escombros de la guerra? ¿Será de los que lo “poseen” “por la razón o la fuerza” o de los que pretenden reivindicarlo como “suyo”?
¿El mar será de los Estados? ¿El mar será, exclusivamente, del bicho humano? ¿Su infinito azul-turquesa continuará deformándose con los colores estrechos de las banderas?