DÁRSENA DE PAPEL

Ciclo reproductor del cambio en democracia

1. El cambio es, desde siempre, la gran promesa latinoamericana. La idea/ilusión de que la noche larga de la dictadura y la madrugada democrática neoliberal hayan sido enterradas, para dar paso a una clase política diferente, moral, íntegra, que sepa acortar la desigualdad, trabajar a favor de las masas empobrecidas y no enriquecerse a costa de ellas, como siempre, haciendo por fin realidad la entelequia de la justicia social.

2. Los bolivianos confiaron el cambio a Evo Morales, varias veces. Tuvieron paciencia, lo esperaron diez años. Creyeron en su promesa y muchos hasta hoy festejan sus recurrencias (la quinceañera, la derecha, los vendepatrias, el Imperio...). Esto último incluso se agradece: estamos en una guerra ideológica, nos dijeron, y siendo chiquitos y faltos de autoestima, discursos así hacen sentirnos grandes, poderosos, armados.

3. Pero no estamos armados. Nunca lo estuvimos. (¿Habrá mayor desilusión que la del niño con la promesa incumplida?). No es fácil aprender a medir las contingencias de la promesa, entender que esta es una bomba de tiempo envuelta en papel de regalo. El que promete tiene dos opciones: o cumple su promesa y desactiva la bomba, o la incumple y la detona. En Bolivia pasó el tiempo y la bomba estalló.

4. La ilusión de niño es compartida en Latinoamérica: a nadie le gusta la idea de morirse pobre. Venezuela necesitaba cambio y se dejó endulzar
los oídos por Hugo Chávez, un orador inigualable que le insufló el pecho dormido con promesas. Le siguieron otros en Ecuador, Brasil, Argentina… todos países llenos de chicos queriendo ser grandes. Y a todos les tocó creerse gigantones, influyentes, capaces de llevarse el mundo por delante.

5. Como en el Twitter, unos fueron siguiendo a otros y —niños al fin— llegaron a formar un bloquecito con destino de rasti, por eso acabó desmoronándose. Tenían que pagar el precio de un clásico sudamericano, el del funcionario que espera agazapado su turno para robar, casi, con el método de siempre: la concentración del poder, la debilidad institucional y la inversión acaparadora y poco transparente del Estado.

6. ¿Estamos ante el fin de los populismos latinoamericanos? Mientras exista un Macri en el control de una economía y con mano dura, por lo menos al principio a costa del bolsillo de la gente, habrá dos Maduros, cuatro Cristinas, ocho Lulas, dieciséis Evos. ¿Las mayorías volverán a ser suyas? Probablemente, nada se puede descartar. Necesitan creer en alguien y si antes fueron de populistas mesiánicos, hubo un aprovechamiento mutuo: unos para creer, los otros para beneficiarse de la ingenuidad de los que creen.

7. El ciclo reproductor no varía. Primero, venimos mal, nos invade un periodo de depresión, no creemos en nadie, hasta que tomamos conciencia de que necesitamos un cambio, creer en alguien o estamos perdidos. Y creemos. Votamos por el “cambio” (es decir, por todo lo que no representa lo anterior), nos sentimos aliviados, sabemos que hemos hecho lo mejor; los no tan convencidos han elegido lo menos malo y esto, que es poco y significa mucho, hace que unos y otros nos sintamos felices: hemos votado por el cambio. Pero la felicidad no existe en política y, tarde o temprano, caemos de nuevo en la depresión; porque creímos y nos fallaron, volvemos a estar mal. Es el punto de cierre y de inicio del ciclo de la vida (perdón), de la democracia en tiempos de cambio.

8. Dar vuelta la página no significa indefectiblemente cambiar. No aprendemos que no nos hará felices ni el progresismo fanático ni el conservadurismo retrógrado. Ni el socialismo al uso ni el capitalismo descarnado. Ni las economías sustentadas en afinidades ideológicas por conveniencia ni las que engordaron al 1% más rico que hoy tiene tanto dinero como el conjunto del restante 99% de los habitantes del planeta.

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