Que encuentres unas manos cálidas que acojan tu pena, tu rabia, tu desilusión, quizá tu fracaso.
Esto quiero escribirte hoy, muchacho del hogar-internado, si es que tengo suerte y lees esta columna. No sólo es para ti. También para cualquier adolescente, chico o chica, que al leer el título de arriba, de repente se encuentre identificado de alguna manera.
Y te escribo como susurrando a tu oído y, sobre todo, a tu corazón.
Los educadores -también tus padres- te hemos visto muchas veces así. Maltrecho, despistado, hundido en una ciénaga de pensamientos negativos… ¡hecho un lío! Y cuando hemos querido preguntarte por la causa, no fuiste capaz de articular palabra, de explicarnos con cierta coherencia tu estado interior.
-Me siento confundido- suele ser tu mejor razón. Y quisimos entenderte. Y nos dimos cuenta de que lo mejor era esperar, no urgirte, respetar tu silencio. Aceptar con calma tu dolor y, si somos creyentes, elevar al cielo una esperanzada oración en tu favor.
Y, ¿sabes?... Resulta que tu confusión nos acercó a nuestra propia y lejana adolescencia. Reconocimos en ti a aquel jovencito o jovencita inseguro, nervioso, temeroso de descubrir a los adultos esa zona íntima, quizá oscura, quizá culpabilizada, seguro que herida. Y siempre, confundida.
Sabemos por experiencia que nuestra paciente espera, que nos facilita estar pendientes de tu ánimo, estar siempre disponibles, atentos a cualquier signo de desahogo, tiene su recompensa. Tal es así que hemos sido testigos de momentos, ocasiones fugaces, dentro de la convivencia familiar o del grupo, en que, sin más, has sabido compartir algo o casi todo de lo que te producía tanta confusión.
Y en nuestro interior hemos sonreído, casi como jugando, con nosotros mismos y hemos sentido el alivio, el bálsamo, que siempre produce la comunicación, aunque fuera en destellos momentáneos.
Tu silencio, querido amigo, también puede ser ocasión de crecimiento, de maduración. Un silencio que motive la reflexión sobre ti mismo y sobre lo que te rodea. Un silencio que vaya configurando futuras decisiones personales, con libertad y convencimiento propios. Un silencio activo que vaya ajustando actitudes y comportamientos presentes y futuros. Un silencio, en fin, que se traduzca en la necesaria intimidad que las personas necesitamos para confrontarnos con nuestro entorno.
Quienes vamos por la vida con el sincero deseo de creer siempre en ti, de amarte incondicionalmente, de esperar contra toda esperanza que tu mañana será mejor, nos preocupa y hasta nos hace daño tu silencio. Pero no dejamos de reconocer que el estar callado es una forma de comunicación. Uno entrega información a través de las palabras, pero también a través del silencio. En todo caso, que los adultos sepamos descifrar qué está pasando. Y que, llegado el momento, cuando te decidas a hablar, te escuchemos sin juzgar y te ayudemos en lo que sepamos y podamos.
Porque el escucharte, con toda la atención del mundo y sin prejuicios, querido changuito, ya es una terapia fecunda… ¿no te parece?
Un desafío que nos planteamos es intentar apoyarte en el buen uso de esa tecnología punta, tu celular, instrumento representativo de la actual sociedad de la información. Ojalá que aprendamos a usarlo -también nosotros- como medio de sana comunicación y como instrumento que facilite un óptimo uso del tiempo libre.
En su Palabra, en su Biblia, Papá-Dios es maestro de comunicación. Su hijo, nuestro hermano mayor Jesucristo, nos desveló en el Evangelio la auténtica realidad de un Dios cercano, presente, cariñoso. Sus páginas nos dan la clave para armonizar heridas y confusiones. Nos hacen misericordiosos. Porque sólo en la mirada solidaria, generosa, al otro, encontramos el sentido de la vida y los deseos de romper silencios y entrar en la senda del compartir y de la comunión.
Cuando vengas herido, maltrecho, humillado… que encuentres manos cálidas y acogedoras. Las nuestras.