El domingo pasado, reflexionamos sobre la curación del criado del Centurión romano. Hoy se podría decir que hay un milagro más extraordinario aún, la resurrección del hijo de la viuda de Naín. El Evangelio es del evangelista Lucas 7,11-17. A este evangelio de hoy le precede otra resurrección, la del hijo de la viuda de Sarepta que ha acogido en su casa al profeta Elías. Este pasaje de Reyes 17,17-24 prepara para escuchar el Evangelio. La reacción de la mujer extranjera es de gran fe: “Ahora reconozco que eres un hombre de Dios”. Jesús se queja de la poca fe de sus paisanos.
Esta escena del encuentro de Jesús con la viuda de Naín, que lleva a enterrar a su hijo único, manifiesta cómo es el corazón de Jesús. Es un corazón lleno de bondad y misericordia. El viernes pasado, la Iglesia universal celebró la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús y como dice el introito de la eucaristía de esa fiesta: “Los pensamientos de su Corazón, de generación en generación, han sido librar sus almas de la muerte y saciarlas en su nombre”. Los sacramentos son fuente de vida y nacieron del Corazón abierto por la lanza del soldado Longinos como dice el seráfico doctor san Buenaventura. El corazón abierto de Jesús en la cruz es la prueba de la generosidad de donde dimana la gracia divina. Este Corazón de Jesús late vivo en la eucaristía, no sólo da vida, “Yo soy pan de vida”, sino que es prenda de vida eterna, “quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día”. Por eso sigue ofreciendo la vida a todo el que cree en su palabra.
El Evangelio de Jesús no niega la muerte física. También Jesús lloró la muerte de su amigo Lázaro y sintió horror ante su muerte en el Huerto de los Olivos. Pero Jesús ha dado a la realidad de la muerte un sentido profundo y una respuesta desde el amor de Dios, aunque no lleguemos a entender del todo. Por ello, nos hace mucho bien dejarnos iluminar por la Palabra de Dios, sobre el sentido cristiano que tiene el final de la vida. Nos sabemos cómo será esa vida que nos está prometida a los que creemos en Cristo, pero es seguro que Dios, dueño de la vida y que ha optado por la vida, nos ha destinado a la vida no a la muerte.
Jesús al ver a la viuda, dice el Evangelio, “se conmovió”. Era “conmoción” del corazón, es un movimiento profundo de simpatía, de misericordia, de un saber compartir el sentimiento ajeno, haciéndolo propio. En este milagro queda claro que Dios no es un insensible al dolor de las personas. Es Dios el que ha encomendado a sus seguidores, sus colaboradores, sus discípulos, el cuidar el mundo entero. Es Cristo quien comunica la vida porque él lo ha recibido del Padre como lo expresa claramente el evangelista Juan en su Evangelio. Dios es Dios de amor y Dios de vida. Aunque la muerte siga siendo un misterio para todos, la promesa de Dios es “la vida eterna”, como afirmamos al rezar el Credo.
La vida que Dios sigue ofreciéndonos a través de Cristo –él venció a la muerte y al pecado- es la tarea que nos ha dejado Jesús al subir a los cielos. Cristo resucitado sigue aliviando hoy a los que sufren por medio de todos los cristianos que se asocian a él. Esa vida que Jesús ofrece nos llega a todos por la Palabra de Dios y por los sacramentos. También por las tantas obras de misericordia que hacen los cristianos. El Papa Francisco ha llamado a todos los cristianos a vivir las 14 obras de misericordia que están explicadas en el Catecismo de la Iglesia. Siete obras de misericordia corporales y siete también las obras de misericordia espirituales. La escena del Evangelio es una invitación de Jesús a actuar con los demás como lo hizo él. ¡Cuántos cristianos han seguido esta invitación en el año del Jubileo de la Misericordia! Gracias a Dios hay en la Iglesia muchos cristianos que sirven a la vida como lo hizo nuestro Maestro y Señor de la vida.
A nadie se le pide hacer milagros ni obras portentosas en pro de la vida. Dios ha confiado al hombre, a los creyentes en él, la tarea de cuidar la vida y elevar su nivel humano. El mayor don que Dios nos ha regalado es la vida, cuyo autor y dueño es él; de ahí nace el carácter sagrado de la misma. A veces el mejor servicio a la vida, a la felicidad humana, es una palabra amable y confortadora, la mano tendida, la sonrisa espontánea, la presencia silenciosa y la ayuda oportuna.