Dos deudores perdonados

12/06/2016
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Cristo ha venido al mundo para liberarnos, él es el Salvador de toda la humanidad en todas las dimensiones, corporales y espirituales. El evangelio de Lucas pone el énfasis en la misericordia y el perdón de los pecados, como señal clara del amor misericordioso del Padre, manifestado en Jesús, ícono del Padre. El domingo 9 del tiempo ordinario, veíamos a Jesús curando al criado del Centurión; el domingo pasado, contemplamos a Jesús resucitando al hijo de la viuda de Naín. Este domingo, undécimo del tiempo ordinario, libera a una mujer del pecado, el cual es el mal que está en la raíz de todo. Esta mujer estaba catalogada como pecadora pública por los fariseos.

El manso, el misericordioso Jesús, dejó durante un banquete, que le ofreció un fariseo llamado Simón, que se le acercara una mujer, cuyo nombre no da el evangelista, y dejó que le tocara, le bese los pies y los unja con un costoso perfume. Fue un gran escándalo para todos los presentes que hipócritamente querían aparentar un puritanismo que no vivían. Me pregunto, ¿Qué diferencia había en que fuera una mujer santa o una prostituta quienes le besaran y le tocaran? Creo que para Jesús sería lo mismo.

Al escándalo de los fariseos, Jesús da una respuesta con la comparación del prestamista, quien perdona a dos deudores la gran suma de dinero que debían. La lección está clara; a esta mujer “sus muchos pecados le son perdonados, porque tiene mucho amor”. Jesús dice con misericordia a la mujer, “tus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor… tu fe te ha salvado, vete en paz” El evangelista Lucas es el que mejor presenta la delicadeza y la misericordia de Jesús hacia la mujer pecadora.

En la primera lectura, tomada del 2º. Libro de Samuel, se presenta el perdón de Dios a David. Él fue un gran creyente y piadoso. Pero también fue adultero y asesino. Pero siempre supo humillarse y pedir perdón a Dios. El profeta Natán le corrige severamente: “mataste a Urías el hitita y te quedaste con su mujer”. La reacción de David es preciosa: “he pecado contra el Señor”. Dios le perdona, le dice el profeta Natán:” pues el Señor perdona tu pecado. No morirás”. A estas palabras precede una parábola del profeta: la del rico que sacrifica la única oveja del pobre para obsequiar a su huésped.

La escena que nos cuenta Lucas es muy significativa. Qué contraste entre Simón y la mujer pecadora. Sin duda que el acto de Jesús de perdonar los pecados a esta mujer fue un acto provocativo. Por ello, no es raro que lo fariseos se escandalizasen. La actitud de Jesús les resultaba como mínimo ambigua. Jesús quería dar un mensaje básico en sus enseñanzas, la importancia del amor y el perdón. Algunos dicen que esta mujer había recibido antes el perdón y, ahora, con este gesto manifiesta en público, como pública era su mala reputación, la gratitud, el arrepentimiento y el cambio de vida, su conversión. Qué hermoso sería ver en este Año de la Misericordia gestos parecidos.

Jesús lleno de misericordia hacia Simón, le presenta la parábola de dos deudores insolventes y perdonados. El fariseo Simón y la mujer pecadora encarnan dos actitudes ante Dios, como en la parábola del fariseo y el publicano que nos dan dos tipos de religiosidad. Simón sería el que debe cincuenta denarios y la pecadora quinientos. Una vez perdonados, está bien claro quien agradece más el perdón de la deuda: el que ama más. La pecadora ama más porque sus pecados han sido muchos.

En este domingo, encontramos otro aspecto que debemos reflexionar: la forma con que tratamos a los que creemos pecadores. ¿Los ayudamos o los hundimos con nuestros juicios? Podemos tratarlos como lo hacían los fariseos que se atrevían a juzgar a Jesús y a todos o como el hermano mayor de la parábola del hijo pródigo, que recriminaba de modo condenatorio lo que había hecho el hermano menor o también como Simón y los otros fariseos. En la voluntad de todos está la posibilidad de tratar a los demás como hizo el padre del hijo pródigo, sobre todo, como actuó Jesús. Y como está haciendo el papa Francisco que con su palabra y con sus gestos de misericordia nos enseña a vivir en el amor misericordioso.

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