Cuando lo chino se volvió chino

DESDE LA TIERRA 24/06/2016
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En mi infancia, como a tantos otros niños, la imagen de la Muralla China llenó mi imaginación de las tareas titánicas que es capaz de cumplir la humanidad y del heroísmo de los guerreros que murieron por millares en los largos años de su construcción. Era el mejor reflejo de una civilización que tenía otra concepción del tiempo, de la obediencia y de resolver metas aunque sean tan difíciles que comprometan a varias generaciones.

Los miles de kilómetros de la fortaleza para defender al imperio bajo dinastías antes de Cristo hasta la misma Edad Moderna son una de las maravillas del mundo y considerados patrimonio cultural mundial. Actualmente es un destino turístico y llegar a caminar por sus terrazas fue cumplir mi sueño. Pensé que lo chino era el rostro de lo grandioso, complementado con lo precioso de las porcelanas del siglo XIX, los manteles bordados, las sedas de suaves tonos o los tejidos sutiles.

Adolescente conocí primero los libros rojos de Mao que pasaban clandestinos entre los estudiantes. Eran comunistas “chinos” dirigentes extraordinarios del Movimiento Obrero Boliviano, entre ellos el sin igual Federico Escobar. Al momento parecían propaganda imperialista las historias de las muertes y del terror durante la Revolución Cultural.

Cuando llegó la política de los dos sistemas y el gobierno chino decidió abrir sus fronteras, una conmoción tocó al mundo entero. China comenzó a crecer económicamente y sus ciudades cobijaban a las más grandes empresas, desde las automovilísticas hasta las de lápices de color. Lo chino se puso de moda, también su cultura, su medicina y me suscribí a “China Hoy” para aprender ejercicios, cocina.

Veinte años después, lo chino es “cuento chino”. Las telas se convirtieron en plásticos desechables, las vajillas en tazas horribles y en toda América Latina los consumidores aprendieron que lo chino era barato, feo y pronta basura.

Lo más grave es que la apertura neoliberal a la producción asiática produjo la competencia desleal con la producción local y muchas industrias, talleres, emprendimientos cerraron por esa causa, dejando desocupados a miles de trabajadores. Pocos pensaban que los productos chinos se elaboraban sin respetar derechos laborales, condiciones mínimas de trabajo que ya no existen en otros países desde hace 100 años.

Peor aún, los gobiernos del ALBA, entre ellos Bolivia, firmaron contratos con empresas cuestionadas y la palabra “corrupción” es un permanente adjetivo. No es casual que Gabriela Zapata sea su más famosa representante y no sepamos aún cómo llegó, donde llegó, sin contar a la otra larga lista de funcionarios “achinados”.

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