COLUMNA VERTEBRAL

Sobre “Minas, balas y gringos”

Debo confesar que llegué a este libro con cierto prejuicio. Las referencias en torno a su contenido me hicieron presumir que se trataba de una tesis revisionista de un periodo poco trabajado de nuestra historia contemporánea. Prejuicio alimentado por mi propia visión subjetiva sobre el protagonista principal de la “trama”, Víctor Paz Estenssoro. Tampoco es que el título, “Minas, Balas y Gringos”, mejor para una novela que para un trabajo histórico, me diera mucha confianza.

Pero, al terminar de leer sus 267 páginas llegué a la conclusión de que es una obra imprescindible. Su autor, Thomas C. Field Jr., reconstruye un momento complejo y paradójico de los gobiernos de la Revolución Nacional, el segundo y tercer gobierno de Paz (1960-1964/1964) desde un eje fundamental, las relaciones de Bolivia con los Estados Unidos.

Para entender el texto, sin embargo, se debe apuntar a tres factores. El primero, la situación dramática de la minería nacionalizada que tras casi diez años se encontraba en una práctica bancarrota. El segundo, el triunfo de la Revolución Cubana (1959) y su radicalización hacia el comunismo al inicio de la década de los sesenta. El tercero, la dependencia crónica y patológica del funcionamiento de la economía boliviana de las donaciones primero, y créditos después, de Estados Unidos (gobierno Eisenhower), como producto del descalabro económico tras las medidas revolucionarias. Si alguna debilidad tiene el libro es que este escenario se diluye demasiado como para explicar la lógica en la que se desarrolló el drama.

Field demuestra palmariamente con un abrumador bagaje documental de primera mano (Biblioteca Kennedy, correspondencia embajada-Departamento de Estado, historia oral de los protagonistas estadounidenses y valiosísima documentación de archivos bolivianos) cómo el gobierno de Paz fue girando ineluctablemente a posiciones que el autor describe como de “desarrollismo autoritario”.

El llamado “Plan Triangular” cuyo teórico objetivo era reflotar la quebrada Comibol, fue de algún modo un caballo de Troya, el corazón ideológico de sus objetivos era el desmantelamiento, vía despidos más o menos masivos, de la dirigencia y las ideas comunistas del PCB y luego del PCML. La historia de Irineo Pimentel, Federico Escobar y las amas de casa mineras (quince años antes de la huelga de 1977) es estremecedora.

En este punto queda claro que el proyecto central de Estados Unidos fue la contención del comunismo sobre la premisa de que el país más débil y permeable a sus ideas era Bolivia. Es de sobra conocido que la administración Kennedy creó la Alianza para el Progreso y los Cuerpos de Paz con ese objetivo, pero lo que Field deja claro es que Kennedy priorizó la estrategia en una combinación indisoluble entre desarrollismo y autoritarismo. El modelo funcionó en Bolivia con una combinación de apoyo económico (orientado a un interés político) y represión creciente que llevó a Paz a un callejón sin salida, la ruptura inevitable con las bases del proceso que lo había llevado al poder en 1952. La dependencia extrema de los trazos estadounidenses (la figura del embajador Ben Stephansky, un académico devenido en estratega del MNR, sería inverosímil de no ser verdadera) condujeron al Presidente al abismo. Progresivamente la lógica represiva, a la que no era ajeno, giró de golpear a la “derecha” a golpear a los trabajadores mineros que se oponían a un plan de “rescate” que tenía más presupuesto para despidos que para rehabilitación administrativa, renovación de equipos y proyectos de modernización de exploración y explotación.

Lo más subyugante del libro es una prueba que desmiente nuestra idea sobre el periodo (la mía en particular), que Kennedy provocó un giro de la política estadounidense para con Bolivia y que el golpe de Barrientos fue propiciado por la administración Johnson. De igual modo, se atribuye equivocadamente el vínculo CIA-Barrientos con el agregado militar de la embajada de EEUU, Edward Fox. Field demuestra que Kennedy consideró que ese modelo de desarrollismo autoritario tenía en Paz un modelo regional y que la combinación de ambos era imprescindible. Es notable la evidencia de que dos días antes de su asesinato, comunicó al nuevo embajador en La Paz Douglas Henderson, su decisión de visitar Bolivia para ratificar su espaldarazo al Presidente boliviano. Henderson, representante de Johnson, respaldó al gobierno. Estados Unidos cambió de postura sólo cuando asumió que Paz había perdido todo sustento haciendo imposible su permanencia en el gobierno. Barrientos llegó como única opción. El jefe militar, genuinamente pro estadounidense, era una incógnita, pero demostró habilidades políticas y una decisión dura de frenar el comunismo “enquistado” en las minas (masacre de San Juan) y por supuesto enfrentando (con éxito) a la guerrilla del Che.
Field ha escrito un libro fascinante, novedoso, impecablemente documentado y con tensiones narrativas notables.

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