Dentro de dos semanas, el viernes 5 de agosto, se inaugurarán los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016. Y a medida que se acerca la fecha, en todo Brasil se extienden y multiplican los sentimientos más negativos.
Ese estado de ánimo es diametralmente opuesto al que reinaba en Brasil cuando en 2009 Río fue elegida como sede. La noticia fue recibida con una fiesta nacional, pues fue interpretada como una señal de que Brasil por fin se había ganado el derecho a figurar entre los países más importantes del planeta.
Ahora, más aún después de los balances que dejó la organización del Mundial de Fútbol 2014, la situación es totalmente diferente. Y lo es porque la experiencia ha demostrado que no hay nada que justifique la enorme cantidad de dinero que se debe gastar para organizar este tipo de encuentros deportivos. Mucho menos si, como ocurre en Brasil, esos gastos se deben hacer a costa de recortes en otras partidas presupuestarias como los servicios básicos, la salud o la educación.
Es tan evidente la falta de correspondencia entre el costo y los beneficios que deja la organización de este tipo de eventos deportivos, que cada vez son más las ciudades que se niegan a ser siquiera consideradas como potenciales candidatas. El caso más reciente es el de la capital de Suecia, Estocolmo, ciudad cuyo concejo municipal, después de calcular lo que le costaría ser sede de los Juegos Olímpicos de Invierno de 2022, retiró su candidatura y su ejemplo tiende a ser seguido por cada vez más ciudades europeas.
Ese mismo razonamiento es el que ahora lleva a los habitantes de Río de Janeiro, a sus autoridades municipales y estatales, a reconocer que cometieron un error al asumir el compromiso de organizar los XXXI Juegos Olímpicos. Eso se refleja en una reciente encuesta del Instituto Datafolha, el más prestigioso del país, según la que el 63% de los entrevistados de todo Brasil opinaron que el evento traerá más perjuicios que beneficios.
La principal base de esa percepción negativa es lo costosas que son las obras de infraestructura deportiva. Se teme, y con justa razón, que después del 21 de agosto, tal como ocurrió con los estadios mundialistas y con escenarios construidos para las olimpiadas de Londres 2012, Pekín 2008, Atenas 2004 o Sidney 2000, tales recintos queden como inservibles monumentos al despilfarro y la necedad.
A escala muy diferente, algo similar puede decirse del derroche que muchos países y ciudades incurren con motivo de la organización de juegos deportivos regionales como los Bolivarianos o los Sudamericanos.
Por eso, resulta oportuno reflexionar a la luz de experiencias ajenas y ver con objetividad si en verdad vale la pena gastar millones de dólares, cuando las distintas instancias de gobierno no cuentan con los recursos y la ciudadanía reclama obras urgentes. La reflexión también toca a Bolivia.
A sólo dos semanas de la inauguración, en Río de Janeiro, como en todo Brasil, crece la percepción de que fue un error asumir todo el derroche que ocasiona la organización de estos juegos deportivos