Anti-historia de la política diplomática

BARLAMENTOS 19/08/2016
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Escribió Von Klausewitz que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”. Me hace culpable de anteponer instancias bélicas bolivianas, todas perdidas en liza excepto aquella del experimento de Ernesto Guevara, el mítico Che, cuyo fracaso en Ñancahuazú desdijo su maestría en el arte de la guerra revolucionaria. El ejército nacional ganó la contienda, pero la perdió en mesa para congraciarse con Fidel Castro. Ojalá que el último estertor de tan ilusa imposición sea la “Escuela Antiimperialista” en Warnes.

Porque Hugo Chávez dio los petrodólares venezolanos de arranque, y Fidel la obsoleta estructura ideológica a este Gobierno socialista de dientes para afuera, rancio almodrote de ideas marxistas, leninistas y maoístas, salpimentado del picoso egocentrismo que en Cuba suministró Fidel, y en Bolivia lo provee Evo Morales y alimenta un impostor de títulos esperanzado en prorrogar su cargo.

Hoy toca enmendar mi torpeza. Los suplementos patrioteros citan cinco territorios perdidos por tratados diplomáticos; en realidad son dos: a Argentina y Perú. En efecto, el manchón negro del Chaco Central nunca existió. O si existió, la Argentina fortalecida con la Guerra de la Triple Alianza confirmó su posesión casi veinte años antes de la supuesta cesión nuestra en 1889. En ese año, se prefirió ceder la Puna de Atacama a Argentina antes que a Chile. En 1925, cedieron casi 11.000 Km2 al sur de Tarija. Hoy pudieran delimitar con medios modernos la línea imaginaria entre los ríos Bermejo y Pilcomayo, que tiene a Yacuiba en triángulo estrecho y quizá concedió territorio boliviano con subsuelo rico en petróleo.

El laudo arbitral de 1909 sobre el llamado Purús se concedió al Perú. Se confió al Presidente de Argentina. El territorio era un apéndice muerto, una lengüeta, toda vez que ya se había vendido el Acre a Brasil, consolidando una inmensa jungla perdida, lo más importante de la cual quizá era el acceso a mitad de curso del río Madera allende las cachuelas. Pero los diplomáticos bolivianos, a diferencia del Barón de Río Branco, quizá no sabían de mapas ni de Amazonia.

Ya lo he dicho, las guerras con Chile y Paraguay fueron conflictos avisados. De tener influencia diplomática para torcer la renuencia de diputados paraguayos, deberíamos quedarnos con el Tratado Ichazo-Benítez de 1894, una línea que partiendo de Fuerte Olimpo dividía el Chaco hasta Magariños. Hubiésemos conservado Puerto Pacheco y Bolivia sería potencia platense con acceso al Océano Atlántico por la Hidrovía Paraguay-Paraná, sin la anegadiza Punta Man Césped ni pedir permiso para cruzar el tramo brasileño, también cedido, entre Puerto Quijarro-Corumbá y el hito tripartito en Bobrapa.

Las otras pérdidas territoriales fueron concesiones a vecinos que se aprovecharon del centrismo altiplánico, su desidia y su imprevisión, alimentando sus previsiones para ganar guerras de conquista o amenazar de ellas. Bolivia se aplazó en cuanto a capacidad diplomática y previsión bélica. En cuanto a la una, tal vez porque es débil en enviados que a menudo son refugiados políticos abusivos o lambiscones. En cuanto a la otra, qué pueden esperar de militares que ascienden de grado por promociones degolladas, se venden a gobiernos a cambio de corruptelas y adoptan falsa pose antiimperialista quizá sin conocer de paridad bélica, o de resistencia a un invasor con la heroica materia prima que es el boliviano.

Por eso, exhorto a que no envenenen la visión histórica de la juventud con mentirosos mapas enlutados, soslayando quizá que es importante adecuarse a circunstancias de la nación para salir adelante y progresar. De poco sirve el llanto de Boabdil, aquel moro que en 1492 rindió Granada, sí, la tierra soñada por Agustín Lara. Su madre le recriminó diciendo que “no llores como mujer lo que no supiste defender como hombre”.

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