Jesús en el evangelio de hoy, finaliza con esta exhortación: “Cuando hayan hecho lo mandado, digan: somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”. Para llegar a poder decir esto con un corazón sincero y humilde, se necesita mucha fe. Los discípulos eran conscientes de su poca fe. Por ello elevaron esta pequeña y profunda oración: “auméntanos, Señor, la fe”. Jesús reafirma la importancia de la fe: “Si tuvieran fe como un grano de mostaza” harían cosas maravillosas, o sea, milagros.
La palabra de hoy, en sus tres lecturas y en el salmo –los salmos también son palabra de Dios–, nos da varias enseñanzas como la paciencia, la humildad, la confianza, la sencillez y, sobre todo, la importancia que tiene la virtud de la fe. La primera lectura, tomada del profeta Habacuc, nos dice: “el justo vive de la fe”. Vivir de la fe nunca ha sido ni será fácil. Parece que la duda es hoy algo corriente en ciertos sectores de la sociedad y se ha puesto de moda el presentarse como agnósticos. Asimismo, hoy día, hay menos apoyos ambientales y condicionamientos sociales que nos ayuden a vivir la fe.
El profeta Habacuc tenía humanamente razón de escandalizarse del actuar de Dios pues no parecía que actuara. En la historia sólo veía violencias y catástrofes; por un lado habían escapado del imperio de los sirios, pero habían caído en el poder de los babilonios que eran peores. Las crisis de fe no son algo aislado de la realidad y, no sólo es religiosa, es también profundamente humana. La incredulidad se hace extensiva a todo programa político, social y económico. En todo el mundo, también en Bolivia, surge el desencanto, el escepticismo y la indiferencia tanto en los jóvenes como en los adultos.
Dios siempre nos escucha. Lo que sucede es que Dios no dice cuándo y cómo lo hará. Respeta la libertad de cada uno, de los buenos y de los malos. El que tiene fe en Dios, debe respetar los ritmos de la historia y los planes de Dios; los planes de Dios, ¿quién los conoce? Gracias a la fe nos lanzamos a una corriente de vida y de gracia que nos viene de Dios, y por eso mismo, la fe nos hace partícipes, en alguna medida, del propio poder de Dios. “Todo es posible para el que cree” (Marcos 9, 23).
El próximo día 4, celebraremos la fiesta de san Francisco de Asís, cuya vida y ejemplo están inspirando el actuar del papa Francisco. Su fiesta nos invita a una seria reflexión sobre su carisma. Hoy, al celebrar el Día del Árbol y del Agua, no podemos menos de profundizar en la fe de Francisco en Dios Padre todopoderoso, creador de todo, especialmente de la persona. Él rezaba: “Dios mío y todo”. Según Francisco, todo proviene de Dios y en Él tenemos todas las cosas. Francisco fue nombrado por san Juan Pablo II, patrono de la ecología. La ecología cristiana ve todas las cosas como fruto del amor de Dios. De ahí viene esa actitud de Francisco de llamar hermanos al sol, la luna, el agua, el árbol, el viento… A la tierra la llama hermana y madre, hermana porque es criatura de Dios, y, madre porque nos da los frutos y en ella tenemos nuestra casa. El planeta tierra, hechura de Dios, es la casa de todos.
La fe es un don de Dios, como don que es, escapa a toda medida física de peso, de longitud… para entrar en el plano del espíritu. Por eso es fácil que cada uno sepa, si tiene mucha o poca fe, si peca o no, si ha perdido la fe. Es el apóstol Santiago quien en su carta, expresa claramente que la fe se conoce por las obras. Y las obras tienen que estar impregnadas del amor a Dios y al prójimo. La fe aunque es un don de Dios, hay que pedirla y cuidarla como lo hicieron los apóstoles. Sin fe es imposible llegar a decir lo que Jesús señala: “Hemos hecho lo que teníamos que hacer”.