Aunque sin haber recibido de los principales medios de comunicación del mundo la atención que merecía, el pasado domingo, se ha cerrado uno de los episodios más importantes de la historia contemporánea de Estados Unidos e, indirectamente, del mundo actual. Es que ese día, uno antes de que el lunes 5 de diciembre se cumpliera el plazo fatal antes de que se desencadenara la violencia, el Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos, primero, y el Gobierno Federal del Estado de Dakota del Norte, después, resolvieron paralizar la construcción de un oleoducto que tendría que atravesar el territorio de la tribu Standing Rock, de indios sioux.
El tema no recibió hasta hace pocos días mucha atención mediática pues, opacado por las pugnas electorales y el triunfo de Donald Trump, fue visto sólo como un conflicto de intereses entre una comunidad indígena y una empresa privada contratada para construir un oleoducto. Sin embargo, desde una visión más amplia del conflicto, luego se vio que la resistencia de Standing Rock marcó la frontera divisoria entre dos visiones del mundo, del futuro, de la economía y el medio ambiente, que están acercándose al punto de colisión no sólo en Dakota del Norte sino en todos los Estados Unidos y en el mundo entero.
Una muestra de la dimensión global que se oculta tras la pugna entre los sioux y Energy Transfer Partners es la magnitud que alcanzó en pocos meses la ola de apoyos que se fueron sumando a la causa de los sioux. Alrededor de ella se aglutinaron comunidades indígenas de toda Norteamérica –Alaska, Canadá y EEUU – y en el transcurso de los últimos cinco meses se fueron sumando a sus movilizaciones más de 200 comunidades y organizaciones indígenas de Centro y Suramérica, África, Australia, Asia y Europa, que enviaron a sus representantes a Standing Rock con la consigna de cerrar filas asumiendo, incluso, la posibilidad de enfrentamientos violentos.
Casi simultáneamente, y a medida que iba creciendo el potencial conflictivo, a los indígenas se fueron sumando los movimientos ambientalistas de Estados Unidos y de todo el mundo, hasta convertir a Standing Rock en un ícono de la pugna planetaria entre el pragmatismo económico y las resistencias ambientalistas.
A todo lo anterior se sumó, y al parecer ese fue un factor decisivo, la decisión de más de 2.000 veteranos, entre ellos veteranos de las guerras de Vietnam, Afganistán e Irak de incorporarse a las movilizaciones pocos días antes del cumplimiento del plazo fijado para el lunes 5 de diciembre para que se autorice el uso de violencia con el fin de desalojar la zona del conflicto. Y aunque los veteranos descartaron la posibilidad de empuñar las armas, el valor simbólico de su gesto fue de lo más significativo.
Sin embargo, y a pesar de la dimensión histórica que se atribuye al triunfo de los sioux de Standing Rock, se reconoce también la precariedad del mismo pues se teme que el gobierno de Trump revierta la paralización del proyecto y reanude el conflicto. Sin embargo, y de cualquier modo, lo cierto es que la batalla de Standing Rock ha marcado ya un hito muy importante en un asunto cuyo potencial conflictivo se proyecta con fuerza hacia el futuro y a escala mundial.
La resistencia de Standing Rock marcó la frontera divisoria entre dos visiones del mundo, del futuro, de la economía y el medio ambiente, que están acercándose al punto de colisión no sólo en Dakota del Norte sino en todos los Estados Unidos y en el mundo entero