¡Feliz Navidad!

20/12/2016
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La palabra Navidad proviene del término natividad y hace referencia al nacimiento virginal de nuestro Salvador y Señor Jesucristo (Isaías 7:14). Desde la caída de la primera pareja en el huerto de Edén, narrada por la Biblia en el Libro del Génesis (3:15), Dios había prometido rescatar al ser humano de su condición pecadora a través de la simiente o descendencia de la mujer y así constituir un Rey eterno (Lucas 1:30-33).

Pero era necesario que nuestro Salvador sea un Santo Ser (Lucas 1:35), sin pecado (I Pedro 2:21-24), para poder ofrecerse en lugar de los pecadores como pago absoluto (Hebreos 10:10-14); ninguno de nosotros podría haber tomado el lugar de otro por estar en la misma condición de pecado (Romanos 3:10, 23) y sabiendo que la paga del pecado es muerte (Romanos 6:23).

Gracias a Dios, pese a nuestra condición, Él envió a Cristo (Romanos 5:8) para que, por su Gracia, como el mayor regalo (Efesios 2:8-9), tengamos vida eterna en Su Nombre (Romanos 6:23). Pero no es suficiente con saberlo, debemos creerlo con el corazón y confesarlo con nuestros labios, a través de una fe íntegra que se evidencia interna y externamente (Romanos 10:8-10).

Los mandamientos de Dios son Santos, Justos y Buenos (Romanos 7:12), y si bien nos permiten una relación armoniosa con el Creador y nuestros semejantes, su principal objetivo es evidenciar nuestra condición de pecadores (Romanos 3:20) necesitados de un Salvador ahora (Hebreos 9:27-28). Entonces el Mandamiento más importante para nuestras vidas es que creamos en Jesucristo y nos amemos unos a otros (I Juan 3:23).

Por eso celebramos la Navidad, porque Jesús, el Único Salvador (I Timoteo 2:5-6), nació hace más de 2.000 años, murió y venció a la muerte por nosotros. Dios, que es amor (I Juan 1:4), mostró su Amor por nosotros en Él (Juan 3:16), y si nos dio a su propio Hijo ¿cómo no nos dará cuánto nos haga falta? (Romanos 8:32).

Cuando en arrepentimiento y humildemente aceptamos la Obra de Cristo a nuestro favor, como aquel ladrón crucificado junto a Jesús que reconoció su culpa, pero también evidenció la Justicia y Soberanía de Cristo (Lucas 23:39-43), la sangre de Jesús nos limpia de todo pecado (I Juan 1:6-9) y tenemos la seguridad de que nada nos separará del Amor de Dios en Cristo (Romanos 8:38-39).

A partir de aquel instante, en que creemos en Jesús y Su Obra Completa, el Espíritu Santo de Dios viene a morar en nosotros para declarar que somos hijos de Dios, para guiarnos, enseñarnos e interceder por nosotros ante el Padre Celestial (Romanos 8:14, 26). Somos nuevas criaturas (II Corintios 5:17), Poesía de Dios para reflejar a otros la luz de Cristo (Efesios 2:10).

Ahora nos corresponde, en Navidad y siempre, dar la Gloria y las gracias a Dios, con nuestros pensamientos, palabras y acciones (I Corintios 10:31); permitiendo que otros también lo hagan al observar nuestras vidas (Mateo 5:16). Habiendo creído en Cristo como nuestro Salvador y Señor (nuestro Dueño), alimentemos continuamente nuestras mentes y espíritus con Su Palabra, la Biblia (I Timoteo 3:14-17); hablemos con nuestro Padre Celestial, en el Nombre de Jesús, por medio de la oración cada nuevo día que Él nos concede; y no dejemos de disfrutar de la vida en comunidad con quienes comparten este Amor por Dios y el prójimo.

Que las Buenas Nuevas de Salvación sean motivo suficiente de gozo y le otorguen a la Navidad su verdadero sentido, al comprender, aceptar y recordar su principal mensaje: “Ha nacido un Salvador, Cristo El Señor” (Lucas 2:10-11). Porque no hay otro Camino a Dios, ni mayor Verdad que la Vida que encontramos al creer en Jesucristo (Juan 14:6). ¡Feliz Navidad!

 

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