Hay que ver la indefensión de un bebé parido en el rincón de una casa de cartón. Su llanto, primero de un largo sendero de lágrimas, apenas se escucha. En verdad que es más audible el de un perro o un gato al nacer… Esos niños nacidos en las ciudades perdidas, en las colonias orilleras, en los lotes de las ciudades grandes ?dejando a un lado en este momento a los niños nacidos en el campo?, esos pequeños en cuanto empiezan a caminar tienen características comunes: la gran panza llena de lombrices, manchas blancuzcas en la piel, la vestimenta se concreta a un pedazo de playera ?es todo su ajuar?, tallones, cicatrices, abundantes costras de mugre como una segunda piel, y esa su carilla de tristeza que mucho semeja al rostro vilipendiado de Jesús, El Cristo.
Esto en referencia a los sobrevivientes, por razón de que la mayoría de los ahí nacidos mueren en las primeras 72 horas, y van a dar tirados al basurero para ser alimento de ratas y perros. No se crea que hay tiempo para excavar; muchos ojos verían. Además, ¿habrá pico y pala en una casa de cartón? Ahí no se tiene nada que agarrar, mucho menos herramientas para excavar.
Van creciendo y su primer hacer es el pepenar. Ahí mismo en donde inicia su gatear comienza la pepena de su alimento sacado de la basura. Ya más grandecillos, lo que pepenan siguen comiendo. Los mayores que con ellos viven, un día antes o rato después, les ordenan el que traigan “al montón” ?ese cumulo afuera de la vivienda que guarda de todo y es custodiado por un montón de perros? vidrio, plástico, bolsas de hule, sin olvidar papel y cartón, en fin, todo se acumula para su venta…
Así poco a poco los días se van sumando, en automático, y los niños crecen sin sol, en la mescolanza del hambre, soledad, miedo, violaciones; penumbra de la caca humana… Todo esto y más. Nunca registrado en la memoria social.
Así nada más, en la vida de estos infantes, cual fantasma, en un momento que desaparece huyendo de sí mismo, el compañero de la pepena pone en su mano una bolsa de plástico con thinner y dice: “Jálale por boca y nariz”. Adiós a la comezón de llagas viejas y miedos. Descubren al mismísimo Sol y ganas dan de abrazar al cabrón que pasó la bolsa.
A la larga estos infantes se pueden graduar de pepenadores, pero resulta que la adicción tiene vida propia y es un demonio cabronamente poderoso. Sin mucha dificultad hace presa de ellos para pasar de una adicción a otra. De ahí que la prostitución infantil tenga tan poca dificultad para florecer… conocen el sitio en donde hay de todo. ¿Qué importa el precio? Esos niños disfrazados de niñas, con el vestido, peluca, carita pintarrajeada de prostituta vieja, como tapando arrugas; pero no, aquí el maquillaje esconde la inocencia.