En las notas referentes a las cianobacterias de la laguna Alalay, un último titular metió miedo a la gente, asustando que las habían descubierto a veinte cuadras del contaminado y seco espejo de agua. Sin embargo, los microbios y bacterias no solo están en la calle México y avenida Ayacucho, aunque también proliferan en los países y localidades honrados. Que lo diga la llamada “venganza de Moctezuma” que aqueja a los gringos que comen tacos en la capital azteca. ¿No es chorrera igual en Bolivia la “venganza de Atahualpa”, que en el peruano Ayacucho se debe llamar igual?
Algo debe tener que ver la flora intestinal, que en Bolivia ha desarrollado defensas que no tienen los sistemas digestivos “finos”. Las cianobacterias existen en todas partes. Apuesto a que las encontrarían si sacaran muestras de las viejas y obsoletas cañerías de la escasa agua potable del centro cochabambino. La cuestión es cuánta, porque no extraña que sea dañino el exceso corporal de cualquier bicho.
Pero lo anterior es digresión intencional mía. El asunto serio a abordar es que temas como el de las cianobacterias distraen la atención de la gente –marean la perdiz dice el vulgo-, de asuntos de resonancia y urgencia general: la desatención de necesidades urgentes de la población y el “no me importismo” del pueblo en lo medioambiental.
La laguna Alalay es uno de ellos. La universidad estatal propone a destiempo un plan para secar, dragar y llenar una descontaminada Alalay de agua sin cianobacterias. ¿Dónde descontaminarían lodos infectados? De inmediato saltaron otros sabios de claustro privado. Pontifican que en días de calentamiento global, con una contaminación atmosférica de las peores, no se puede perder, ni por un año, un espejo de agua que ayuda a precipitar los contaminantes atmosféricos y refrigera la atmósfera. ¿Qué hacer? Bueno, tal vez gobernar pensando en el bien público y no en los votos.
Años han pasado desde que se alertara del desastre ambiental en el único espejo de agua de una comarca conocida como una “pampa de lagunas”. Una que era refugio de aves y especies piscícolas cuya migración y deceso, respectivamente, fueron los que alertaron de las consecuencias de la desidia humana. Era la última, es cierto, porque hacía tiempo que la hermosa laguna Cuéllar fuera drenada y convertida en canchas de patea-pelotas de un país de borrachos goleado por todos en torneos sudamericanos, a pesar de la ventaja de la altura de La Paz. Llevé a pasear a mis hijas en botecitos a pedal en la laguna Coña-Coña, conocida entonces como la de Antaki. Seguramente había más “c’ochas” en Cochabamba y yo tuve el gusto de bañarme en el río Rocha, antes que lo contaminaran.
Subyace la doble cara de unos que por una predican de la “Llajta bendita”, y por otra ni pestañean al botar sus inmundicias al río Rocha o la laguna Alalay. A eso se une la imprevisión de mandamases de blablá electorero en vez de buen gobierno. Un querido amigo vaticinaba el otro día que cuando terminen Misicuni después de tres décadas, no habrá cañerías que resistan la presión de 3 m3 de agua por segundo.
La plaga también es endémica a nivel nacional. Nacionalizan hidrocarburos, ahuyentando a las petroleras como niños que revolean a palomas en los parques; ahora ya no hay gas natural ni para atender a futuro contratos a Brasil y Argentina. Teniendo ríos, cascadas y calores del fondo terráqueo, malgastamos en una planta nuclear como fuente energética. En un país que ni tiene pomadas para aliviar quemaduras, se insiste en canchas de fútbol de pasto sintético. ¿Se alcanzará el nivel de la próspera Suiza, cuando Bolivia sigue en la cima de países hambrientos y mal nutridos de nuestra parte del mundo? ¡Jajá!