El domingo pasado, domingo de tentación, contemplamos al Jesús humano, siendo tentado por Satanás, quien quería apartarlo de la misión que le había dado el Padre al venir a este mundo. Hoy, la liturgia del segundo domingo de Cuaresma, nos invita a mirar a Jesús como Dios. A contemplar la divinidad que estaba oculta en el cuerpo de Jesús. Se nos recuerda, en medio de la cuaresma, la gran meta de nuestro caminar. Somos humanos pero también somos divinos. Moriremos como murió Jesús pero seremos transformados como Él. La transfiguración de Jesús que leemos en el evangelio era para animar a los discípulos, desconcertados por el anuncio de la Pasión, a seguirle en la cruz para poder alcanzar la resurrección. Hay que tomar en serio este tiempo de la cuaresma, caminar lejos, a las alturas de la vida en Cristo, para esta Pascua y para la Pascua eterna. Cuaresma tiempo de conversión para identificarnos con Cristo
Los tres discípulos contemplaron el cuerpo transfigurado de Cristo: “Su rostro resplandecía como el sol”, pero era el mismo rostro de Jesús. “Sus vestidos se volvieron brillantes como la luz”, pero el cuerpo era el mismo cuerpo suyo de siempre. La carne era la misma que tomo de María, la misma que reina ahora en la gloria del Padre. La naturaleza humana no fue un instrumento descartable que se había de echar a un lado una vez cumplida su misión terrena. Cuando Jesús resucitado se presentó a sus discípulos lo hizo con las heridas de las manos, pies y costado. Nosotros también nos vamos transformando día a día, especialmente en la cuaresma, para resucitar gloriosamente. No se va a dar una sustitución de nuestra persona por otra mejor y más santa. Esta realidad presente, nuestra naturaleza humana en todas sus dimensiones, este cuerpo nuestro y nuestro psiquismo, todo está destinado a la gloria eterna, previa la transfiguración en Cristo. Nuestra santificación o consagración fue iniciada en el bautismo. Aunque todo brillará por la luz de la gloria, nada será descartado ya que la santificación no es una deshumanización. Es una transformación, una transfiguración que hará Dios en cada ser humano que llegue a la salvación plena. Hacia ahí vamos caminando. No nos cansemos de caminar lejos.
La figura de Abrahán es presentada en el Génesis 12, 1-4, como modelo de nuestro camino en la Cuaresma. Su respuesta a la llamada de Dios es sumamente admirable: “Abrahán marchó como le había dicho el Señor”. Abrahán, ya mayor, en una sociedad pagana y politeísta, Dios le pide, “sal de tu tierra”, y le promete: “haré de ti un gran pueblo”. Era difícil de creer esta promesa, porque su mujer era estéril y ambos muy mayores. Pero Abrahán creyó y salió de su tierra, “como le había dicho el Señor”. Él es el prototipo de respuesta a todas las llamadas de los que han sabido responder generosamente. ¡Cuántas llamadas de Dios sin respuesta! Lo que Dios pide a Abrahán es que saliera de su tierra, o sea, que rompiera con el pasado, que realizara “un éxodo”, que caminara lejos hacia donde Dios le indicaría. María, nuestra Madre, es modelo de hacer prontamente la voluntad de Dios. Ella supo decir “SI”, con las palabras, “hágase tu voluntad”. Pero el modelo por excelencia es Jesús, fiel a la voluntad del Padre, hasta dar su vida por nosotros. La cuaresma nos está invitando, a cambiar, a caminar a la transformación, la cual es “un morir en Cristo”, para ser transfigurados. ¿Qué tengo que dejar en esta cuaresma para responder SI?