A dos semanas de festejar el día del niño y la niña, los sucesos de marzo nos erizaron la piel y la indignación nos llegó hasta el tuétano. La muerte de cuarenta niñas en Guatemala y en Bolivia, la muerte de Eva por hambre, hacen que nos detengamos a pensar en ellas, en lo que nos estamos convirtiendo como sociedad y en lo que nos toca demandar al Estado; pensar que los niños y niñas no son sólo el futuro de la humanidad, sino simplemente en que son personas, que merecen ante todo el cuidado material, emocional y psicológico.
En el país centroamericano, cuarenta niñas murieron en un orfanato. Los pormenores señalan que las niñas sufrían de abusos sexuales, maltratos, y que pretendieron hacer un motín, pues las habían encerrado con candado en un ambiente, y en señal de protesta prendieron fuego que se les fue de las manos, nadie las pudo auxiliar, y murieron.
Cuarenta vidas que en la decena de años se truncan por no gozar de una vida mínima digna. La infancia es una de las etapas más preciadas, y tengamos presente que es la fase donde podemos desarrollar el potencial para muchas cosas, donde el juego y la imaginación toman rienda suelta y deberían ocupar el mayor tiempo de la infancia, y donde mínimamente los derechos de seguridad alimentaria, educación, salud y vivienda deberían estar garantizados. En los países latinoamericanos como Guatemala y Bolivia aquellos derechos resultan irrisorios, pues nuestra niñez dista mucho de gozar de los mismos.
Ahora, en el caso de las niñas la figura se transforma en una situación peor, teniendo en cuenta que vivimos en un sistema patriarcal, las niñas son objetos sexuales. La idea de que niñas y adolescentes sean prostituidas, abusadas sexualmente resulta abominable y nos hace tocar fondo como sociedad. Estamos hablando de seres indefensos que son mellados en su intimidad sin entender por qué. El caso de las cuarenta niñas muertas tiene el trasfondo de trata y abusos sexuales. Horroriza saber que a personitas de tan corta edad, les caiga con todo la injusticia del sistema, el hecho de haber sufrido el abandono de sus padres, rematado por el abandono y abuso del Estado, que en vez de protegerlas, vulnera sus mínimos derechos.
Este mes fueron las niñas, en Bolivia nos espeluznó la muerte de Eva, una niña de 12 años, enferma que murió de hambre por la extrema miseria en la que vivía su familia. Nadie puedo hacer nada, las cifras de que salimos de la pobreza, no la salvaron, el discurso de que estamos mejor que en gobiernos neoliberales tampoco pudo salvarla. Como Eva y como las huérfanas del hogar Seguro Virgen de la Asunción de Guatemala, hay miles. Así que no nos jactemos con agasajos el día del niño y la niña, y que estas muertes nos interpelen a lograr una mejor infancia para nuestros niños y niñas. Un país y su desarrollo se mide ante todo por el bienestar de su gente, empezando por la niñez, por ello la pretensión de salir de la pobreza queda como una gran demagogia.