RAÍCES Y ANTENAS

¡Good Bye Lenin!

Adiós a Lenin es una maravillosa película alemana ambientada poco después de la caída del muro de Berlín. Christiane es una orgullosa miembro del Partido Socialista Unificado de Alemania (PSUA). Comunista hasta los tuétanos, ahora diríamos, un soldado de proceso de cambio. Un bello día de 1989 pierde el conocimiento al ver a su hijo participar de una manifestación en contra de Erich Honecker y entra en un coma profundo. Despierta ocho meses después de la caída del régimen comunista aún muy delicada de salud. Por recomendación médica nada debe complicar su recuperación, menos aún saber del triunfo del capitalismo en su amada Alemania Oriental. Para salvarla, Alex, el hijo, convierte el departamento familiar en el último bastión del socialismo en el que su madre vive creyendo que nada ha cambiado. Entretanto, una mañana de sol descubre, desde su ventana, que había un enorme cartel publicitario de la Coca Cola. El hijo le explica la situación diciéndole que en realidad la Coca Cola era una empresa fundada por el PSUA por eso lo del color rojo revolucionario y que después de una batalla internacional, esta transnacional había aceptado que había robado la idea de los socialistas alemanes y devuelto la empresa. En sus noches de convalecencia la señora veía noticiarios viejos que sus hijos pasaban por circuito cerrado. En cierta ocasión, por descuido, la última comunista ve un programa al vivo donde miles de alemanes orientales saltan desesperados sobre los restos de muro. Los familiares le comentan que, en realidad, los que se pasaban de lado eran los alemanes occidentales que cansados del consumismo, el exceso de confort, las TVs a colores y otros mimos capitalistas habían decidido abandonar estos lujos pequeños burgueses y pasar masivamente a la vida pacata y austera de la revolución. Durante años se crea una vida ficticia para la señora pero al final la madre termina descubriendo que era una prueba de amor de sus hijos que temían que su corazón no aguantaría decir adiós a Lenin.

Con mucho menos glamour que los cariñosos hijos de la comunista oriental pero con las mismas intenciones, nuestros neorevolucionarios se resisten a aceptar los serios problemas del modelo económico primario exportador, buscan crear una realidad paralela y presentar resultados económicos y medidas de políticas públicas como novedades del ajuar de un novio con recorrido. En primer lugar, durante años se construyó la teoría del blindaje y particularmente se negó el problema del empleo y la calidad de éste. Segundo, promoviendo la apreciación del tipo de cambio real, se consolidó un sector comercial formal e informal donde se crearon miles de empleos de baja calidad y productividad y se presentó a la informalidad, en el discurso, como el horizonte del socialismo. Ahora, con la caída de precios de las materias primas, se reconoce que uno de los síntomas de crisis es el desempleo. ¡En hora buena! Primer paso dado, pero como a la abnegada madre de la película Good By Lenin, se le quiere dorar la píldora. En efecto, el nuevo Programa de Empleo se lo presenta coquetamente empaquetado en los celofanes de la propaganda como un avance en el proceso de cambio, cuando en realidad, en su parte central, se trata de un coñichi de políticas públicas del pasado.

Los programas de Infraestructura Urbana y Protección y Habilitación de Áreas Productivas son zombis del Fondo Social de Emergencia (FSE) de la época de Paz Estenssoro y el Plan Nacional de Empleo de Emergencia (PLANE) de Tuto Quiroga, ambos criticados en su época –con razón, por muchos que ahora disfrutan de las mieles del poder– como un programa neoliberal parche de empleos de baja calidad, que además rompía con la institucionalidad de los municipios, porque la ejecución estaba a cargo del Estado Central. Ahora se sigue el mismo camino porque quien implementará el programa será el Fondo Productivo Social, el nieto del FSE. Bueno a rigor, estos programas son de corte keynesiano para reactivar demanda agregada.

En periodos de sequía de ideas como el actual, nada contra los recalentados o muertos vivientes, cuando el zapato ajusta, eso es lo que hay que hacer en el corto plazo. Pero hoy como ayer la pregunta es la misma: ¿cuáles son las políticas de empleo de largo plazo pasado en julepe de la crisis? Aquí el Gobierno presenta dos programas que pueden ser interesantes siempre que estén enmarcados en políticas de desarrollo productivo y desarrollo de ecosistema de emprendimiento. A saber está el programa de Inserción Laboral para trabajadores y jóvenes profesionales que será financiado por el Estado (paga entrenamiento, salud y jubilación) y la empresa privada (paga salario). Esta política debía estar enfocada en actividades que generen exportaciones, impulsen innovación tecnológica, aumenten la productividad y tengan efecto derrame dentro de un cluster local. Así en general, puede ser una fuente de prebendalismo. Mi apoyo a tu empresa por tu voto.

El más interesante es el Fondo para Capital Semilla, que propone dar créditos a las Mypes de reciente creación y nuevos emprendimientos. Pero este dinero aislado no funcionará, por lo que se debe trabajar con municipios, sector privado, bancos, universidades e impulsar un ecosistema de la innovación y emprendimiento, sobre todo apoyando a los beneficiarios del capital, con aceleradoras e incubadoras de empresas, para reducir riesgos. Asimismo, está el Incentivo a la Generación de Empleo en las contrataciones públicas. Esta es una mala idea, es una invitación al sobredimensionamiento de los costos de las obras.

Finalmente, el Gobierno acepta que existen problemas de desempleo y apela al odiado y criticado pasado para revivir viejas políticas keynesianas aplicadas por neoliberales, pero en la retórica discursiva se resiste a decir: Good bye Lenin, aunque muchos piensan que aquí nunca ni siquiera se le dijo Hello Vladi, por lo que el corazón de la sociedad boliviana está roto por doble engaño.

 

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