PAREMIOLOCOGI@

Justicia: ¿Un sistema perverso?

Lo sucedido con el ya tristemente célebre caso del ciudadano Reynaldo Ramírez, inocente condenado a la pena máxima (¿se imaginan si tendríamos pena de muerte?) es, no cabe duda alguna, una prueba de lo perverso en que se ha convertido el sistema de administración de justicia boliviano, fundamentalmente penal. No cabe aquí, como al parecer alguna colega pretendía en razón a una de mis opiniones en las RRSS, ocultar cobardemente el puchichi debajo de la alfombra, sin que ello signifique caer en el error de generalizar y poner a todos los operadores dentro del mismo saco; existen honrosas excepciones. Aunque, me consta también, que la razonable solución de las causas depende frecuentemente de su naturaleza: si te enfrentas al poder, principalmente partidario o al sacrosanto (para muchos) estado (administrado por el régimen), es muy poco probable que por muy inocente que lo seas, la justicia así lo declare o, en el mejor de los casos, pasarás la calle de la amargura por muuuuchos años, hasta que se produzca algún milagro.

Mientras, tu derecho al debido proceso será sistemáticamente vulnerado por quienes hasta están constitucional y legalmente obligados a tutelarlo, pero como tienen que pagar la factura de su nombramiento (usualmente producido a dedo), mantener la pega sin importar el daño causado, quedar bien frente a los medios, evitar ser sacrificados por el o los capos del organismo o, finalmente, obedecer al jefazo y sus acólitos disfrazados de altos cargos del sistema, le meten nomás. Se trata de una actitud ante el poder en sus varias facetas.

Empero, lo perverso de ese sistema (sin santificar ni demonizar a nadie) no es lo que le haya ocurrido a ese ciudadano, sino que no es el único caso y, lo peor de todo es que no se trata de un aislado “error” (pese a lo grave del caso) atribuible a un fiscal x o a unos jueces xyz, sino me temo refleja una suerte de tendencia perversa del sistema tratándose de determinadas causas. En el caso, según lo informado, la injusta sentencia de Reynaldo Ramírez habría alcanzado calidad de condena, lo que significaría que pasó varios filtros del sistema (apelación y casación, por lo menos). Es decir, el sistema de justicia, a través de todas sus instancias, se habría aplazado vergonzosa y sistemáticamente. Sí eso es evidente, es decir, si esa víctima del sistema tenía efectivamente condena, como abogado me llama profundamente la atención que descubierta la barbaridad, haya sido liberado con una cesación de su detención ¿preventiva?, si ya había condena. Ahora el sistema –hipócritamente, a mi juicio– ha “reaccionado” linchando públicamente a los jueces y al fiscal, destituyéndolos o suspendiéndolos sin el debido proceso. No es que quiera les den el cóndor de los andes, pero si se trata de un sistema de justicia en serio, por muy grosero que sea lo que hicieron, debieran darles el debido proceso que ellos no le dieron al Sr Ramírez y no proceder de la misma manera arbitraria y abusiva que se les reclama. ¿O sólo interesa la venganza y el show?

Aprovecho, puesto que esa causa no ha tenido la repercusión que se habría esperado, para nuevamente llamarles la atención del caso de Margarita Sanchez y Carlos Ortiz Fleig, hoy doblemente condenados por la justicia tarijeña, por los mismos hechos. Margarita está cumpliendo doble condena en el penal de Caraparí desde agosto del año pasado, y una vez más, todo el sistema (Juzgado de Yacuiba, Tribunal Departamental de Justicia de Tarija, luego la Sala Penal del Tribunal Supremo, un juez de “garantías” de Tarija y finalmente el mismísimo Tribunal Constitucional) ha sido absolutamente incapaz de tutelar sus derechos, sino más bien, con argumentos que hasta insultan la inteligencia, les ha revictimizado, hasta el momento impunemente. Aunque el caso ya está presentado ante la Comisión Interamericana de DDHH, el gravísimo daño ya está perpetrado y por mucha plata y disculpas que luego les den, nadie les devolverá a ellos y a sus tres hijos, la grave injusticia que hoy sufren, ni a los otros injustamente detenidos o condenados. ¿No será el momento de hacer algo efectivo por todos ellos? Muñoz Machado decía: “A diferencia de un escritor de ficción, el jurista no trabaja con personajes, sino que lo hace con personas”.

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