…como si nadie te estuviera mirando

A TI, JOVEN CAMPESINO 15/07/2017
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En esta columna intento siempre que los títulos revelen ideas bonitas a los lectores. Me alegraría si a ti, adolescente que tal vez me estés leyendo, te sirven estas opiniones para fundamentar alguito de tu vida y buscar significados a esas vivencias que desgranas en la familia, con los amigos, en la cancha, en el Colegio o en la Universidad.

Por aquí y por allá te bombardeamos con noticias variopintas, con reclamos propios de tu edad, incluso con consignas desde la política y desde las instancias sociales que nos rodean. Las ideologías vuelan de un continente a otro. Ya no hay palabra e imagen que no tengan la marca de la globalización y, al ir creciendo, vas asumiendo tus propios valores, nacidos en el desencanto o en la admiración de lo que ves y escuchas.

No me cansaré de repetirte que tengas tu personal criterio. Un criterio surgido, seguro, en la influencia que tengan en ti gentes, quizá anónimas, pero capaces de “tocar” tu entendimiento y corazón. Porque su discurso, su testimonio de vida, su preocupación por ti y por muchos, inundan benéficamente tu santuario interior en el que se debaten interrogantes e inseguridades. Fragilidades adolescentes.

Hay, cómo no, otros discursos, otros testimonios, tan ampliados con parlantes de feria -aunque en suntuosos salones o en páginas brillantes de redes sociales- que difícilmente llegarán ni siquiera al umbral de dicho santuario… Y apenas enriquecerán tu criterio.

–Bueno, padrecito, ¿qué tiene que ver todo esto que nos cuenta con lo de “…como si nadie te estuviera mirando?", me dijiste mientras surgían estas líneas y buscaba ansioso tu aprobación.

Es verdad. Por ventura me puse a navegar por la tangente, que se dice. Así que retomo lo escrito arriba: que los títulos revelen ideas bonitas a los lectores.

Comparto contigo, querido changuito, una frase, la del título, que alguna vez leí en escritos de la Madre Teresa de Calcuta, monjita nada sospechosa de superficialidad espiritual.

–A ver, ayúdame a poner verbos en los puntos suspensivos, te solicité.

Y con esa cara de biempensante y picardía que tienes fuiste desmenuzando vocablos:

–Canta, Juega, Sueña, Sonríe, Pórtate, Da, Habla, Escribe, Trabaja, Comparte…

–Pues te falta uno importante, apostillé. Y ante tu –ahora– cara de duda, afirmé:

–¡Baila! Con este verbo conocí en su totalidad la frase del título.

O sea, ¡vive! como si nadie te estuviera mirando. Con confianza, con seguridad, con valentía, con cariño, con sentido común, que es tan importante. Disfrutando de todo y de todos.

–¡Ah!, un momento. Sobre eso de disfrutar llegará un próximo artículo. Pero, ¿quieres que te cuente una experiencia personal? -a lo que enseguida respondiste afirmativamente.

Es que hace unos días, junto con un grupo de jóvenes voluntarios, tuvimos aquí en el Seminario San Cristóbal un taller organizado para niñas, niños y adolescentes trabajadores en la calle, además de algunas mamitas y otros adultos. Me pidieron que participara en un sociodrama, compartido con estos jóvenes. Se trataba de un personaje de “rapero”. Yo, con mi gran sentido del ridículo, me dije: ¡adelante!, y lo hice, seguro que torpemente, como si nadie me estuviera mirando. Lo cierto es que disfruté de lo lindo.

Y, ¿sabes otra cosa? Estoy convencido, desde mi alegría de creyente, desde esa Fe que comparto contigo y con más chavales, de que Jesús, el Maestro, nos pide evangelizar, dar testimonio de su Vida, con esa valentía y humildad de las que escribo hoy. Porque llevamos un mensaje que no es nuestro, no es propiedad privada, sino de Él. Los grandes testimonios cristianos de la historia se han pintado con colores de mansedumbre, encuentro y reconciliación.

–Está bien, padrecito. Ahora dígame: ¿qué verbo elegiría usted para terminar su artículo y completar el título en esos graciosos puntos suspensivos? -me dijiste ya para concluir nuestro parloteo.

Lo pensé un poquito. Y recordé esas graciosas dinámicas que disfrutamos en reuniones, asambleas o eventos de Iglesia. Dinámicas en las que tenemos que mover el esqueleto.

–Pues lo tengo claro, querido amigo: BAILA como si nadie te estuviera mirando.

¡Por nada cambiaría la carita sonriente que me regalaste!

 

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