Bolivia ante un reto crucial

EDITORIAL 16/07/2017
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El atraco perpetrado el pasado jueves en pleno centro de Santa Cruz, en primeras horas de la mañana, ha puesto a nuestro país ante una de esas experiencias colectivas que marca una línea divisoria entre un antes y un después. Salvando las obvias diferencias, se puede afirmar que el impacto de lo ocurrido tiene cierta equivalencia con lo que para Estados Unidos y Europa fueron los atentados terroristas de los últimos años.

Las razones que permiten dar tal dimensión a esos acontecimientos no son pocas. No sólo porque no hay en nuestra historia un antecedente equiparable en cuanto a la intensidad del despliegue de violencia, reflejado en la cantidad de muertos y heridos en tan poco tiempo y tan reducido espacio, sino también, y sobre todo, porque hay motivos para temer que no estamos ante un hecho aislado y excepcional sino ante un nuevo giro de una espiral de actividades delictivas que han hecho de Santa Cruz su principal teatro de operaciones.

Por ahora, cuando todavía no se han despejado los efectos más traumáticos de lo ocurrido, no resulta oportuno aventurar especulaciones sobre los múltiples factores que convergieron para hacerlo posible. Habrá que esperar que las investigaciones den más y mejores elementos de juicio que los actualmente disponibles para dar a los hechos su justa dimensión.

Mientras tanto, lo que corresponde es exigir a las autoridades gubernamentales que den un ejemplo de serenidad, mesura y objetividad y no, como viene ocurriendo con excesiva frecuencia, que sean la principal fuente de dudas, suspicacias y especulaciones.

Algo similar corresponde demandar a los líderes políticos --del oficialismo y la oposición-- cuya estrechez de miras vuelve a reflejarse en el indisimulado afán de buscar algún rédito inmediato, como si lo que estuviera en juego no fuera más que los eventuales altibajos en el juego del mercadeo proselitista.

A la luz de los datos disponibles, son más las dudas que las certidumbres y no está mal que así sea pues las interrogantes que se van abriendo pueden ser una buena oportunidad para ver la dimensión más profunda de los desafíos ante los que se enfrenta nuestro país y nuestras instituciones.

Puede ser muy positivo, por ejemplo, que esta experiencia sirva para ver en su justa dimensión lo que significa el descrédito de un sistema judicial que poco antes del atraco excarceló a dos de sus principales autores. O las eventuales limitaciones y excesos que se pusieron en evidencia durante la intervención policial.

Los medios de comunicación, en la parte que nos corresponde, tendremos también que hacer un ejercicio de autocrítica pues son experiencias tan intensas como ésta las que nos ponen de frente a los retos contemporáneos.

Por todo lo anterior, y a la luz de las indeseables experiencias por las que están pasando países que no supieron reaccionar oportuna y acertadamente ante este tipo de desafíos, lo que corresponde, más que distribuir culpas y responsabilidades, es que los esfuerzos colectivos se concentren, pasando por encima de cualquier otra consideración, alrededor de una causa común que es la preservación de la paz, el respeto a los derechos humanos, la seguridad ciudadana y la solidez de nuestras instituciones.

Corresponde, más que distribuir culpas y responsabilidades, que los esfuerzos colectivos se concentren, pasando por encima de cualquier otra consideración, alrededor de una causa común que es la preservación de la paz, el respeto a los derechos humanos, la seguridad ciudadana y la solidez de nuestras instituciones

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