Concluimos en este domingo el capítulo que el evangelista Mateo dedica a las parábolas de Jesús, con las cuales nos transmite un mensaje sobre los rasgos del reino que él vino a instaurar en este mundo: “El reino de los cielos se parece a…”: el tesoro escondido, la perla finísima y la red barredera. Las dos primeras parábolas coinciden en la valoración del Reino como bien supremo. La tercera parábola, la de la red que se echa al mar y recoge toda clase de peces, quiere darnos la misma enseñanza que la parábola de la cizaña.
A base de parábolas, Jesús habla de la salvación y del reino de Dios con imágenes, dinamismo y felicidad que tocan a la persona en lo más profundo del corazón. Así, el perdón de una gran deuda, la vuelta del hijo prodigo a su casa, el banquete de bodas, el tesoro hallado en el campo, la dracma perdida, la perla preciosa, la oveja encontrada. Todas estas parábolas en que se desborda la alegría de la persona por la salvación de Dios, concretada en la posesión del Reino. A estas parábolas unió Jesús los grandes milagros que confirmaban sus palabras.
Las dos parábolas nos invitan a saber discernir dónde están los verdaderos valores y trabajar para conseguirlos. Nos llama a ser negociantes, no sólo en los asuntos materiales, sino sobre todo en los espirituales. Lo importante es que sus discípulos seamos suficientemente listos para descubrir que los valores del espíritu son más importantes que todos los demás y hacer una clara opción por ellos. Otros valores son externos y caducos. La mundanalidad es un gran mal que existe en muchos cristianos, en toda la Iglesia, como lo ha dicho el papa Francisco.
Las parábolas de Jesús tanto para aquel tiempo como para nosotros hoy día, no son meramente negativas, sino de una gran fuerza positiva, como lo es todo el evangelio. No nos exigen renunciar a determinadas cosas por ascetismo o por masoquismo puro, sino que nos inducen a la búsqueda de auténticos tesoros y perlas que dan sentido a nuestra vida. Como tampoco es para el estudiante o el deportista suponer una renuncia negativa sin sentido, los esfuerzos que se impone para conseguir sus metas. Como el hecho del que opta por el matrimonio y forma una nueva familia, tenga que renunciar, en cierto modo, a la de sus padres o a otras mil posibilidades, alternativas que tuviera. A veces, nos cuesta arriesgarnos porque olvidamos que el cristiano no marcha en pos de una mera promesa. La fe no se trata de dejar lo que es por lo que puede ser. Ni de soltar el pájaro que se tiene en la mano por los que aún están volando. El plan de Dios ya se ha cumplido. El cielo ya nos pertenece. Sólo hace falta que vendamos lo que tenemos para adquirir el campo donde está el tesoro.
El reino de Dios, su pertenencia a él, es el máximo valor, por el cual todo esfuerzo resulta pequeñísimo. Jesús nos dice con claridad meridiana: “Busquen el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se les dará por añadidura”. Por esto, todo el que capte el secreto del reino de Dios y el que se convenza de que el mandamiento básico es el amor, ha encontrado el tesoro escondido que le enseñe a relativizar todas las cosas y a vivir en continua alegría, siendo solidario con todos.