No aventuro en las razones de la discutida aparición de la fiesta del año nuevo andino amazónico, ni siquiera me son alcanzables las pertinencias de esa fiesta que se celebra con feriado y con manifestaciones invernales de culto al sol. Me propongo discutir un aspecto que es harto más sutil y colonizador –¡tamaño atrevimiento en tiempos de descolonización!
Recuerdo que el asunto se proclamó inicialmente como el año nuevo aymara, después, no sé si para desfacer el etnocentrismo rampante, se pasó a año nuevo andino; para señas más democráticas e inclusivas, supongo, se pasó a la denominación de año nuevo andino-amazónico. El conteo anual del año 5553 nos deja en la incógnita del pueblo que pudo haber empezado la historia. Desconocemos con exactitud a nuestra cultura madre. Lo más probable es que en el territorio nuestro existieran culturas rupestres, dispersas por la geografía. Pero esto puede ser asunto de otra discusión y desvelo.
Estos viajes y ampliaciones “inclusivas” hablan de colonización con la imposición del espacio festivo, a propósito de la fiesta y el rescate del credo nativo de origen muy localizado. De aymara, con proclamaciones y ritos en sitios tiwanacotas, que no eran para nada aymaras, tomados como el sitio original de la fiesta, del principio anual.
Después se suceden las tomas de los lugares emblemáticos a lo largo del Estado, el fuerte de Samay Pata, Rak’ay Pampa y alguno que otro lugar cambiante, donde también el sol brilla, supongo que con diferentes propósitos y sentidos. En esta cuota puede entrar que los más relacionados al sol fueron los quechuas, hasta llamaron a sus gobernantes, los hijos del sol.
En este paso se proclama la armonía, con la contradicción histórica: los de Tiwanaku habían desaparecido cuando los aymaras se paseaban por algunos valles muy fértiles, hasta la llegada de los inkas que los exiliaron a lugares incómodos, como los altiplanos. Los inkas pelearon y sometieron a muchas etnias amazónicas, quizás con la excepción de los guaraníes. Ahora, por decreto armónico, se impone a todos los pueblos esta celebración andina, a pesar de que los nombres y las inclusiones se extendieron y pretenden la inclusión descolonizadora.
Esta práctica supone la andinización del oriente y de las otras culturas vallunas, por no decir la aymarización de ellas. Con esto viene la imposición de las creencias andinas sobre pueblos ajenos; esto, con el apelativo del rescate cultural, la reivindicación y la descolonización. ¿Es esta una nueva manera de colonización estatal que piensa la armonía desde un origen andino, aymara? Esto es lo más probable.
Esta parece la práctica tautológica de contra la discriminación, discriminación; contra la colonización, colonización; contra la imposición, imposición, y contra la uniformidad, uniformidad y un solo credo procedente de los Andes. Y todo con discursos inclusivos, descolonizadores y pluriculturales. No sé si esta sea la práctica europea de “ha muerto el rey, ¡viva el rey!”.
Las tradiciones se reinventan desde las bases ahistóricas de amistar forzadamente a pueblos que no tuvieron contacto o los tuvieron traumáticos: los tiwanacotas no lo tuvieron ni con los aymaras ni con los quechuas y los aymaras fueron dominados por los quechuas; ahora lo andino aymara se proclama dominante en lo ritual y lo festivo de nuestro refundado Estado Plurinacional de Bolivia, esto bajo el discurso de inclusión, rescate, pluricultural y el rito etnocéntrico andino.