"¡No disparen! Soy el Che…” (...) “Yo valgo más vivo que muerto". Esas dos frases, ambas dirigidas a sus captores, han pasado a la historia como la más fiel expresión del ánimo con que Ernesto Guevara de la Serna afrontó el momento de su derrota cuando tropas bolivianas dieron fin con el Ejército de Liberación Nacional en la quebrada del Yuro el 8 de octubre de 1967.
50 años después, esas palabras siguen resonando con tanta fuerza como la consigna “¡Patria o muerte!”, grito de guerra de los combatientes enviados de Cuba para crear “uno, dos, tres, muchos Vietnams” y que el actual gobierno trata de imponer a las Fuerzas Armadas, las mismas que en nombre de la patria dieron muerte al Che Guevara hace medio siglo.
Las diferentes maneras como esos hechos son conmemorados estos días, y las múltiples contradicciones y paradojas que conllevan los actos, discursos y opiniones con los que a la distancia de 50 años se los observa y recuerda, son la más cabal expresión de lo difícil que todavía es armonizar las distintas miradas. Como hace cinco décadas en la figura del Che Guevara, a través de sus pensamientos y actos, se concentran las ideas, pasiones, búsquedas y extravíos de varias generaciones. Por eso, el todavía pendiente juicio de la historia al que Guevara debe ser sometido es también el juicio a toda una época.
En Latinoamérica, pero en especial en Bolivia por razones obvias, son por lo menos tres las generaciones que tendrán que ser parte de ese juicio. Y no sólo como jueces –papel que a estas alturas de la historia puede ser muy cómodo– sino como actores o simples seguidores de las grandes corrientes políticas que se abrieron a partir de la revolución cubana, sea para apoyarla y reproducirla o para combatirla.
Las controversias desatadas en este aniversario son una muestra de lo que eso significa. Con el mismo apasionamiento con que unos pretenden elevar al Che Guevara, al lado de Fidel Castro, al altar de las divinidades, otros los condenan sin miramientos y todos esgrimen con firmeza argumentos inspirados en sus respectivas adhesiones ideológicas.
Por ahora, y más allá de los actos de fe sobre los que se sostienen las creencias religiosas, con toda la subjetividad que conllevan, lo que puede afirmarse es que la historia de Bolivia, Cuba y toda Latinoamérica ha seguido un curso muy distante del que Guevara y sus seguidores esperaban y ofrecían. Ha sido tan rotundo el fracaso del proyecto de expansión del socialismo cubano que no hay argumentos que alcancen para atenuar lo negativo que resulta el balance final.
Ante esta constatación, no resulta casual ni sorprendente que Bolivia sea uno de los pocos países donde aún se rinde culto a la imagen del Che Guevara y se organizan peregrinaciones al altar donde fue inmolado. En Cuba, mientras tanto, sólo la gerentocracia que aún gobierna en nombre de la juventud y del futuro mantiene viva la devoción en medio de la indiferencia y el descreimiento popular.
De cualquier modo, si hay algo que queda claro a estas alturas de la historia es que el “guerrillero heroico” y su memoria es sólo un mito que con cada año que pasa más se aleja de la realidad.
Más allá de los actos de fe sobre los que se sostienen los mitos, la historia de Bolivia, Cuba y toda Latinoamérica ha seguido un curso muy distante del que Guevara y sus seguidores esperaban