Muchos dicen, y parece verdad, que los políticos no tienen corazón porque actúan con incoherencia, ambición y cinismo desmedido, y no dudan en arrastrar por los suelos la honra y dignidad de los pueblos que los eligieron, hasta provocar burla y condena internacional. El nuestro es un caso de estado, que en lugar de avanzar y aprovechar oportunidades, retrocede y fracasa; en lugar de aprender del pasado, repite los mismos vicios y errores con mayor intensidad.
La Fundación de Bolivia fue un hecho histórico de gran mérito porque los líderes de aquel tiempo tuvieron que confrontar las condiciones más adversas y las circunstancias más duras. Tuvieron que lidiar con el poder aún fresco de los virreinatos de Lima y Buenos Aires, en una transición de la organización colonial hacia la república; y contra la casta militar que tuvo el predominio en las guerras de liberación y cuya difícil tarea era construir gobiernos civiles de corte democrático. Sin duda fue una etapa de creación de la República que, en su tiempo, conoció los halagos, prestigio y poder internacional.
Este país, que a juzgar por sus características después de casi dos siglos es de los más pobres del mundo, es además víctima de los malos gobiernos. Basta repasar su triste historia plagada de cuartelazos, traiciones, dictadores y populistas; a lo largo de ella se han probado de todos los colores y sabores ideológicos, pero siempre al estilo “altoperuano” es decir, mentiroso, ambicioso, hipócrita, salvo excepciones. La “falta de visión de nuestros gobernantes, perfidia y ambición de los vecinos, venalidad e ignorancia de nuestras clases dirigentes, política imperialista de Inglaterra primero y EEUU después”… Todas son frases que han sido repetidas como oración religiosa a lo largo del tiempo, sin juzgar que todos somos responsables de esa situación.
Un caso singular vive hoy el país –paradigma para ingresar al Siglo XXI–, la refundación del Estado Plurinacional de Bolivia, siguiendo los pasos de la democracia después de una República largamente constituida, a partir de una Constitución Política viciada de irregularidades y manchada de sangre, pretendiendo la construcción de una nueva estructura, donde los órganos del poder: Legislativo, Judicial y Electoral, se confunden con el Ejecutivo, que proclama el cambio a todo nivel y sólo cambia nombres y formas, porque el estilo y el modelo sigue invariable, y al final sólo queda la gran impostura.
La prensa y los comentaristas internacionales en estos días, empiezan a destacar el ridículo panorama que exporta Bolivia ante los ojos del mundo, fruto de la desmedida voracidad de poder, el papel de sus adulones y el uso irresponsable de las reducidas arcas fiscales, hoy de libre disposición por un gobierno plurinacional, que más parece que por temor a las responsabilidades emergentes, no encuentra otra solución que entornillarse en el gobierno, sin plazos, al estilo cubano.
Un gobierno que pisotea la CPE que él mismo aprobó a sangre y fuego. Que hace leyes a la medida de sus intereses políticos, que manipula la justicia, y no considera al pueblo y los pobres, que solo sirve para satisfacer sus privilegios, a cambio de miserables subsidios. Un gobierno que nace al amparo de la coca, los sectores sociales y un Ejército revolucionario, bajo la doctrina del socialismo Siglo XXI fracasado en todo el continente, pretende su prórroga indefinida, gracias a la protección de los poderes transnacionales que mueven el mercado y la informalidad. Un gobierno, en fin, que habla de dignidad y soberanía, pero honra la memoria de políticos asesinos, que mataron y mancharon con sangre familias bolivianas y el honor de la patria.