La ficción se junta con la crónica

BARLAMENTOS 16/02/2018
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Un querido amigo vivió una faceta diferente de la revolución de 1952. Junto a delegaciones extranjeras en un campeonato internacional de esos tiempos, estaba en la sede del Club de Tenis de La Paz (cuando era en la Avenida Arce), en el día fatídico de abril en que empezó la refriega. Las canchas eran poco seguras y una vez refugiados todos en el edificio, “ni te imaginas la tostadera de disparos que oíamos y contemplábamos a los caídos desde las amplias vidrieras”, contaba, al extremo que una bala perdida mató a una humilde (¡cuándo no!) empleada del Club.

Sin preferencias políticas de ninguna clase, mi cuate disfrutaba del romance con la hija del entonces Presidente de la Junta Militar, lo que le brindaba una ventana a las intrigas de ése tiempo, además de ciertos privilegios amorosos, supongo. Recuerda que había varios apeteciendo el trono del Palacio Quemado: complotaban varios generales aparte del que presidía la Junta Militar de Gobierno que ambicionaba quedarse en el poder. Era conocida la ambición presidencial del entonces Ministro del Interior, que dicen que para tal propósito dotó de equipo bélico a la Policía; luego volcaría la gorra militar y quizá el curso de la contienda.

Tal vez los botudos no imaginaban que un partido político se adueñaría del proceso. Porque cadetes del Colegio Militar en Irpavi y unidades militares recién llegadas que bombardeaban con cañones 105, habían reducido casi toda la resistencia en La Paz. El fracaso de la insurgencia era inminente. Entonces sobrevino el llamado Pacto de Laja. En esa población se reunió un indeciso Ministro del Interior, dos actores del partido que se apropiaría del proceso y un militar de rango menor. El resultado del acuerdo benefició a la que luego se conoció como la Revolución de 1952.

Me permite sopesar la hipótesis de que los cambios sociales en Bolivia vienen de afuera. La idea de cambiar el país se originó en la Guerra del Chaco, donde bolivianos letrados pelearon codo a codo con bolivianos indígenas, y los “pilas” a ser chicoteados hasta Asunción pisaron fuerte en el Chaco. Cuatro lustros después sobrevino el remezón que trajo reformas dizque “revolucionarias”. El poder dominante de entonces descarriló el proceso con “ayuda” de alimentos y soporte presupuestario.

¿Qué relación tiene ese entonces con el actual “proceso de cambio”? Bueno, hay similitudes y diferencias. Entre las unas está el agotamiento de un modelo después de 12 largos años, entonces y ahora; la angurria prorroguista de gobernantes, entonces y ahora. Entre las otras, quizá no hay intrigas ni complotan los uniformados, porque se los tiene tranquilos con talegazos y prebendas.

Quizá estemos cansados de “guerras” cuya cruenta dimensión se ha prostituido: “guerra de la coca”, “guerra del agua”. La oposición está desunida o se desgasta en trivialidades como cambiar el nombre de plazuelas y calles. Sin embargo, la gente se da cuenta de que el cacareado “proceso de cambio” es un simple relevo de rateros. La corrupción ha hecho evidente para muchos ilusionados lo que vaticinábamos los augures de malos tiempos.

La gran incógnita son las dos vías en el futuro del país. ¿Será cierto, una vez más, que en espaldas de los bolivianos se pueden sembrar nabos? ¿O será que el despertar mundial, en Bolivia resistirá al lobo en piel de oveja prorroguista, antidemocrático y anticonstitucional? Hasta escoger el camino correcto, según un estudio de Standard & Poor’s, seguimos entre los países de Sudamérica, con excepción de Chile y Uruguay, donde la corrupción alcanza niveles alarmantes. Recordemos que mal de muchos es consuelo de tontos. Más bien, reflexionemos por qué estamos, junto a Venezuela y Cuba, en la zaga de países latinoamericanos en cuanto a libertad económica.

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