Aunque no haga falta decirlo, este es un 23 de marzo diferente. El Día del Mar coincidió con la fase de alegatos orales en el juicio que se sigue contra Chile ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ) y el hecho constituye un factor de unidad para el pueblo boliviano. Tampoco es necesario realizar encuestas para sostener que la mayoría de los bolivianos está convencida de que el fallo del tribunal con sede en La Haya será favorable para nuestro país. Es tan justo nuestro reclamo y tan pobres las justificaciones chilenas que no hay motivos para dudarlo.
¿Qué se podría decir, entonces, en una fecha como la presente? Es lógico que, una vez que se conozca el fallo de la CIJ, estaremos comenzando una nueva etapa, una en la que habrá que negociar con Chile ya no con la incertidumbre de ver qué conseguimos sino para fijar, de una vez, una solución al enclaustramiento. El gran problema es que, como siempre, habrá que consultar con Perú porque Chile no aceptará una alternativa de discontinuidad de su territorio. En otras palabras, cualquier corredor tendrá que ser en la frontera entre Chile y Perú, en territorio que antes fue peruano.
La solución física a la mediterraneidad boliviana es apenas uno de los problemas a enfrentar. Los otros, ya de orden económico, serán la viabilidad de construir un puerto para las exportaciones que reemplace el enorme y, por ello, ventajoso megapuerto de Mejillones que es el que se utiliza actualmente. Otro problema será habilitar una playa para fines recreativos, un proyecto que generalmente se complica por el clima y las diferentes temperaturas del agua del mar.
Pero, también, es preciso tomar en serio el estudio de la historia porque este juicio nos ha enseñado que no es suficiente el sentimiento —que tanto fue criticado por Chile— ya que lo más importante, en cualquier juicio ante tribunales internacionales, son los argumentos jurídicos. Y, cuando de consecuencias de guerras se trata, los argumentos jurídicos deben tener bases históricas.
Mientras en Bolivia vivimos algo muy parecido al jolgorio, con las mismas versiones históricas del pasado, Chile está ingresando a un proceso de investigación. En ese marco, sus historiadores ya han comenzado a buscar documentos que sustenten la vieja tesis de que Antofagasta perteneció al reino de Chile en el periodo colonial. En un primer intento, se habla de un mapa de 1610 que fijaría los límites con Charcas, hoy Bolivia, en el paralelo 23 y medio. No es algo que deba preocuparnos pero es una muestra de lo que se viene.
Lo que tenemos que hacer, entonces, es investigar también. En cuanto a historia se refiere, seguimos repitiendo las mismas versiones sobre Eduardo Abaroa, Juancito Pinto y Genoveva Ríos, sin tomar en cuenta el rigor histórico que se debería tener al tratar estos temas.
Sobre Abaroa, por ejemplo, cuyo heroísmo se recuerda hoy, se ha confirmado que la mayoría de lo escrito sobre él fue cierto. Solo hay dudas sobre su famosa frase “¿rendirme yo, cobardes…?” pues un historiador chuquisaqueño ya ha alertado que, en realidad, no la dijo.
En torno a Genoveva Ríos y Juancito Pinto hay tanta bruma que es necesario investigar más. La primera aparece en un periódico boliviano que dio cuenta de la invasión de Antofagasta mientras que el segundo habría participado en la Batalla del Alto de la Alianza. No se ha confirmado plenamente esas versiones pero ya hay una moneda con la imagen de la niña y un bono lleva el nombre del niño.
Potosí tiene mucho que decir al respecto, especialmente por las batallas de Chiu Chiu, Tambillos y Canchas Blancas pero, lamentablemente, su universidad estatal no cuenta con una carrera de historia. Y Sucre, sede de la Real Audiencia de Charcas, está llamada a aportar desde sus distintas instituciones.
Los bolivianos deben investigar. En cuanto a historia se refiere, seguimos repitiendo las mismas versiones sobre Eduardo Abaroa, Juancito Pinto y Genoveva Ríos, sin tomar en cuenta el rigor histórico que se debería tener al tratar estos temas