Son muchas las razones que hacen atractivo al poder pero, al conocer escándalos como los de Odebrecht, la conclusión inequívoca es que el objetivo principal no son los altos sueldos de los mandatarios de Estado.
Desde luego, el principal atractivo es la capacidad de hacer cuanto a uno se le antoje, algo que no está al alcance de cualquier mortal. Dependiendo del tipo de democracia y legislación de cada país, los presidentes o jefes de Estado pueden hacer muchas cosas, desde ordenar el uso de recursos públicos hasta indultar a prisioneros. En los regímenes dictatoriales pueden hacer casi todo, pasando, incluso, por encima de la Constitución.
Desde el punto de vista económico, el presidente es, teóricamente, el funcionario público mejor pagado de un país. Eso significa que nadie debería ganar más que él pero en los últimos años se reportó varias excepciones a esa que antes era una regla.
Así, las cifras revelan que el presidente latinoamericano con el sueldo más bajo es el de Bolivia y eso fue por decisión propia. Recuérdese que, a poco de haber asumido el poder, Evo Morales decretó un estado de austeridad que, al ver cómo se gasta ahora, duró solo algunos años. Como resultado de ese comportamiento austero, fijó su sueldo en 15.000 Bolivianos y hasta emitió una norma para que nadie ganara más que él. Lo que ocurrió, por una parte, es que muchos funcionarios terminaron ganando más, particularmente los profesores universitarios con una gran antigüedad, y, por otra, los 15.000 como tope variaron conforme se iba ajustando el salario mínimo en Bolivia. Actualmente, el sueldo de Evo Morales es 22.987 Bolivianos que son equivalentes a poco más de 3.300 dólares.
El sueldo del presidente es alto si se lo compara con los 2.461 Bolivianos del salario básico pero, como se dijo, es el más bajo de todos los gobernantes. En el otro extremo, el salario más alto de un jefe de Estado de Latinoamérica es el de Guatemala porque llega a 19.300 dólares. En segundo lugar está el de Chile, con 14.900, y en tercero México, cuyo presidente gana 13.750 dólares.
Pero, como se ha dicho, el sueldo no es el principal atractivo de la presidencia. Existen beneficios colaterales que, generalmente, se basan en la inmunidad que se puede conseguir, así sea coyunturalmente, para la realización de cualquier acto, incluso aquellos que colisionan con las leyes.
Permitir que ocurran ciertos hechos, o que algunas personas o instituciones obtengan beneficios, resulta ser una actividad altamente lucrativa que generalmente está en manos de las más altas autoridades de un Estado.
Y es lucrativa porque, para permitir que ocurra algo ilegal, lo que se hace es ofrecer pagos que, al tratarse de altos dignatarios, deben ser altos. Por eso se explica que actividades ilegales como el contrabando, el lavado de dinero, la trata y tráfico de personas o el narcotráfico se desarrollen con impunidad en algunos países. Lo que se presume es que los gobernantes permiten que suceda, a cambio de grandes sumas de dinero, o a ser parte del negocio.
Una actividad considerada legal es la de la construcción. La organización Odebrecht es una empresa de servicios cuyo fuerte son las construcciones. Durante años, esta empresa estuvo pagando sobornos a las más altas autoridades de más de una docena de países para que se le permita acceder a contratos del sector de la construcción.
Invirtió no más de 800 millones pero sus ganancias superaron los 12.000 millones de dólares. Las cifras revelan que la “inversión” se justifica.
Como se ve, las personas que buscan llegar a la presidencia no necesariamente lo hacen para servir a un país, ni siquiera cuando se reducen el sueldo. Lo que realmente se busca son los beneficios colaterales.
Son muchas las razones que hacen atractivo al poder pero, al conocer escándalos como los de Odebrecht, la conclusión inequívoca es que el objetivo principal no son los altos sueldos de los mandatarios de Estado