La buena noticia por excelencia

15/04/2018
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La Iglesia, los bautizados, seguimos celebrando la Pascua de Jesús, Él es nuestra Pascua. Jesús resucitado sigue presente en nuestras celebraciones, el signo de esta presencia es el Cirio encendido, los adornos florales y la alegría de los cantos de los aleluyas que crean un ambiente de fiesta. El pueblo santo se siente “renovado y rejuvenecido en el Espíritu”, con la “alegría de haber recobrado la adopción filial, renovado con estos sacramentos de vida eterna”, “exultante de gozo porque en la resurrección de tu Hijo nos diste motivo para tanta alegría”. Es que la Resurrección es el fundamento de nuestra fe en Cristo. La Resurrección de Jesús será siempre la Buena Noticia por excelencia. El apóstol Pedro dio esta Buena Noticia al hablar por primera vez ante el pueblo congregado: “Ustedes mataron al autor de la vida, pero Dios lo resucitó”. Este es el anuncio que la Iglesia debe anunciar hasta el fin de los tiempos.

El texto del evangelio, Lucas 24,35-48, nos ofrece una de las apariciones de Jesús a los apóstoles, descrita en continuidad con las manifestaciones a los dos discípulos de Emaús. La finalidad es manifestar una catequesis pascual de la fe; un esclarecimiento de la fe sumida en confusiones y despistes; una iniciación al nuevo modo de presencia de Jesús que ya no es la presencia física. Esto nos exige purificar y afianzar la fe, comprendiendo todo el plan salvador de Dios y el lugar y el alcance que tiene en el sufrimiento y en la muerte de Jesús, así como su Resurrección. Jesús lo había anunciado, pero ellos no lo creyeron hasta que lo vieron resucitado.

La Pascua, la fe en el Resucitado, exige novedad de nuestra vida. La vida nueva que Cristo quiere comunicarnos significa, en la práctica, que los cristianos debemos evitar el pecado. En la carta de Juan se señala cuál es el objetivo de su escrito: “Les escribo esto para que no pequen”. Pues, aunque sea verdad que los bautizados en Cristo somos hijos de Dios, también es verdad que somos débiles y vulnerables. Pascua no es sólo cantos de aleluyas. Exige un estilo libre del pecado. La Palabra de Dios de este domingo es una invitación a la conversión. Pedro lo dice claramente: “Arrepiéntase y conviértanse para que se borren sus pecados”.

La experiencia del encuentro con Cristo resucitado, sobre todo en la misa, debe cambiar algo en nuestras vidas, como sucedió en la vida de los discípulos de Emaús o con los apóstoles o los demás discípulos. Nos debe llevar a la “misión”, a dar testimonio de nuestra fe. Ahora como entonces, hacen falta testigos valientes de Cristo. El evangelio no lo hemos escuchado por boca de ángeles, sino por el testimonio de tantas y tantos cristianos. Nadie nace cristiano, sino que llega a la fe por otros. Precisamente celebramos hoy “la jornada de la infancia y adolescencia misionera”. Esta jornada busca crear en los niños y adolescentes que ellos deben ser testigos misioneros de Jesús resucitado. Esta conciencia de ser misioneros en los niños depende mucho de la formación que les den padres, padrinos y educadores.

 

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