Chuquisaca 1539 – 1825

25/04/2018
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El título corresponde al libro de don Roberto Querejazu Calvo del que, textualmente, transcribo algunos fragmentos de especial interés por ser días previos a nuestras fiestas mayas.

“La Plata fue la segunda ciudad del virreinato del Perú, después de Lima y la segunda ciudad del virreinato del Río de La Plata, después de Buenos Aires, cuando pasó a su jurisdicción. En ella residió durante tres años el más famoso de todos los virreyes, Francisco de Toledo, y en ella elaboró una parte de las disposiciones que tuvieron vigencia en el Perú colonial. Fue sede episcopal metropolitana y asiento de la famosa Universidad de San Francisco Xavier. La Audiencia de Charcas, con sede en Chuquisaca, durante casi todo el periodo colonial (hasta la fundación del virreinato del Río de La Plata, en 1776), tuvo jurisdicción sobre un inmenso territorio que se extendía de océano a océano, desde Atacama en el Pacifico hasta la desembocadura del río de La Plata en el Atlántico, desde el lago Titicaca hasta el estrecho de Magallanes, o sea, en todo el ámbito de lo que hoy son las repúblicas de Bolivia, Argentina, Uruguay y Paraguay”.

“En Chuquisaca comenzó, en mayo de 1809, la agonía de la dominación hispana en América con la deposición del gobernador. Primero de una serie de sucesos ocurridos en diferentes capitales, que preludiaron una guerra de 15 años con la que se conquistó la independencia de los países sudamericanos”.

“Los pobladores indígenas la llamaron Chuquisaca. Los conquistadores la bautizaron como villa de La Plata, porque quisieron hacer de ella la base desde lo que iban a ir en busca de la riqueza argentífera que daba mucha fama al territorio del Collasuyo. Algunos colonos la denominaron Charcas, que era nombre que más propiamente correspondía a toda la provincia de la cual ella era el núcleo central. Los republicanos la rebautizaron como Sucre, en homenaje a Antonio José de Sucre, uno de los padres putativos de la Republica Bolívar o Bolivia, de la que fue elegida ciudad capital. Hoy, se la conoce asimismo como ‘La ciudad de los Cuatro Nombres’ por esos sucesivos bautizos y como ‘ciudad Blanca’ por la tradicional cobertura alba de todos sus edificios”.

“Una antigua tradición lugareña sostenía que los cerros a cuyos pies estaba el villorio Chuquisaca, eran de metal: el Sicasica de oro y el Churuquella de plata. Era otro decir que los indios yamparas que llevaban objetos de plata pedidos por el rey Atahuallpa para comprar su libertad a Francisco Pizarro, al saber la muerte del inca enterraron el tesoro en uno de los cerros, junto con su ídolo de oro macizo, el Tanga Tanga”.

Esos fragmentos incentivan obviamente a leer todo el libro de nuestro ilustre coterráneo y deberían despertar en todos los ciudadanos, pero en forma muy especial en nuestras autoridades, el interés en difundir nuestras leyendas y tradiciones que, bien explotadas, constituirían un tesoro apasionante de atracción turística hacia nuestra bella ciudad a la que la pueden marginar del progreso, pero a la que nada ni nadie le puede robar su historia.

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