Una sonrisa te salvó…

A TI, JOVEN CAMPESINO 16/06/2018
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Hola padre… ¿cómo está?

- Buen día amiguito… aunque con esa carita que tienes… no parece que hayas iniciado tu día con buen pie.

Así comencé el diálogo contigo, muchacho del hogar-internado. Permíteme traerlo a esta columna –respetando tu identidad– para ilustrar la idea que deseo plantear a mis lectores.

Ya sabes que no me gusta esa pregunta mil veces repetidas cuando la gente se saluda por la calle, en el micro o en la iglesia. Es arriesgado preguntar a alguien “cómo está” si no nos permitimos responder y escuchar la respuesta. Parece más conveniente un sencillo “buen día” o un “adiós”. Y si verdaderamente nos alegramos del encuentro, un “qué gusto poderle saludar” resulta muy agradable.

Bueno, quizá estas finuras a ti, adolescente, te resultan tierra extraña. Lo entiendo. Pero los saludos, acompañados de una sincera sonrisa, son muy importantes. Nos crecen. Hasta nos llenan de fuerza. Piensa en ese espontáneo apretón de manos o en ese abrazo que, más allá de la mera costumbre, se convierten en transmisores de ánimo y afecto.

Aunque todo lo anterior parezca un preámbulo que nada tiene que ver con el porqué de “esa carita” que me mostraste, lo cierto es que nuestros grandes problemas necesitan, para iluminarlos, los pequeños gestos, los guiños corrientes que nos hacen sociables y cercanos. Y esto es para ustedes, jovencitos, y para nosotros, adustos adultos que, como se dice, vestimos canas.

No me equivoco si escribo que si comenzaste el día no con buen pie, si lo que te rodea es un asco –perdón la expresión–, si todos se han confabulado en tu contra, y por la calle, por ejemplo, te topas con la sonrisa cálida de la chica que te gusta… entonces es posible que mires el mundo con otra actitud más positiva y esperanzadora. ¿Te parece? ¿O será que soy un romántico?

Una sonrisa te salvó… Debo confesar que han sido muchas las sonrisas callejeras de niños y gentes cariñosas que a mí me han salvado.

Es cierto que en el resto de nuestra conversación me mostraste un panorama familiar difícil. Esas situaciones duras que os bajonean a las chicas y a los chicos y ponen en jaque desde el interés por estudiar hasta las ganas de salir con amigos o dedicar ratos al deporte.

Llegaste a decir que tu vida es un fracaso tras fracaso. Que no consigues tus metas. Que la oscuridad te rodea y te hace tropezar. Me llamó la atención tu manera de expresar lo que hormiguea en tu interior. Creo que yo no lo diría mejor.

- Ay, chaval –te dije– no pierdas el ánimo, por favor. Tú puedes… sé que tú puedes.

Una experiencia del común de los mortales, como decimos, es vislumbrar un horizonte oscuro cuando las cosas van mal. Cuando no entendemos a las personas o a los acontecimientos. Cuando surge el fracaso tras fracaso, como afirmaste. Cuando hasta parece que Dios –en el caso de los creyentes– se esconde, se calla, se vuelve anónimo.

Ya no eres un niño. Sé que hace tiempo tomaste tu vida en serio. Y sé que no necesito recordarte la fuerza que tenemos cuando, a pesar de todo, ponemos Fe en ese Papá-Dios del que hemos hablado muchas veces.

Te pido que no dejes de intentar tus sueños, como os gusta decir a los jóvenes. Sí, inténtalos una y otra vez… Ese esfuerzo y disciplina te harán muy humano, muy noble. Y tarde o temprano lo conseguirás. De verdad, lo conseguirás.

Mientras tanto, busca saludos positivos, apretones fuertes de manos, abrazos respetuosos… En ellos el impulso de Dios se hace presente. No lo dudes.

Ah!, y sonrisas, claro. Esas sonrisas callejeras que salvan.

 

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