El Mundial de Fútbol Rusia 2018 se desarrolla con sorpresas ingratas para Latinoamérica y, como era de esperar, concita la atención de gran parte de la ciudadanía.
Inevitablemente, el mundial es el tema de moda. Está opacando asuntos tan importantes como la insólita decisión del gobierno respecto a la demanda del Silala o la dicotomía entre enfermos que se mueren de cáncer, y ahora ven cerrado un centro estatal donde podían tratarse, frente a un palacio de gobierno que no es otra cosa que la materialización de la soberbia y ostentación.
A nivel mundial, las redes sociales se encargaron de mostrar los contrastes: fotos de jugadores celebrando goles junto a las de las jaulas a las que el gobierno de Estados Unidos metió a niños a quienes separó de sus padres migrantes. La leyenda que acompañaba esas gráficas era contundente: “se grita más un gol que una injusticia”.
Y es que, como se sabe, el fútbol despierta pasiones y moviliza millones, no solo de personas sino, fundamentalmente, de dólares. Gracias a ello, podemos ser testigos de cómo se maneja una Federación Internacional del Fútbol Asociado, en medio de danzas de millones y corrupción, sin rendir cuentas a nadie mientras los que posibilitan la generación de dinero están felices frente al televisor o sufren cuando una selección, que era favorita, está al borde de la eliminación.
Entre los argumentos a favor de este frenesí colectivo está el hecho de que el fútbol hermana pueblos y permite conocer otras culturas. Este, sin embargo, se cae cuando se sigue cualquier transmisión deportiva. Si se capta un canal cualquier, local o del cable, se podrá percibir que no existe un solo periodista que hable de la cultura de Rusia, que es el país sede, o de los países que todavía están en competencia. Cuanto más, se muestra notas de color, anécdotas o se proporciona datos gastronómicos. Se trata de información útil pero que nunca podrá reemplazar lo que se encuentra en un buen libro o en un simple texto escolar.
Y precisamente el relato de los partidos, o el comentario de estos, han dejado en claro cuán poco tolerantes somos incluso en el marco de una fiesta que se proclama como crisol de hermandad. Ocurre en esta versión, como en ninguna otra –debido a la innegable influencia de las redes sociales– que los televidentes pueden expresar sus opiniones sobre algún relator o comentarista, o sobre todos, y convertirla en tendencia.
Así, se ha criticado particularmente a un comentarista pero también, aunque sea en menor porcentaje, se aprovechó la ocasión para despotricar contra otros. Esa actitud es de evidente intolerancia ya que quien no quiere escuchar a alguien tiene alternativas, desde acallar el volumen del televisor –para ver el partido con el audio de alguna radioemisora– hasta simplemente apagar el aparato. Hay soluciones pero, por lo que se ve, lo que se busca es atacar a las personas.
Existe otro tipo de intolerancia, la que se practica contra aquellas minorías que, por diversos motivos, prefieren no ver el mundial. Esta gente también es atacada en las redes sociales porque se la considera “apática”, “abúlica” o, peor aún, “resentidos sociales” que no se dejan llevar por el entusiasmo mayoritario.
Si existe gente –mucha, muchísima– a la que le gusta el fútbol, entonces se debe respetar esa opción y no se la puede criticar por eso. En contrapartida, no se debe estigmatizar a una persona que simple y llanamente decide no seguir ese u otros torneos deportivos.
Al creer que todos deben dejarse llevar por el entusiasmo, el mundial se convierte en un vendaval que arrastra cuanto está a su paso y eso incluye la tolerancia y el sentido común. Y si así se piensa, ¿con qué moral se critica al presidente del Estado que viajó a Rusia con recursos del Estado y luego movilizó todo un aparato de propaganda para convertir su paseo en una actividad oficial?
Al creer que todos deben dejarse llevar por el entusiasmo, el mundial se convierte en un vendaval que arrastra cuanto está a su paso y eso incluye la tolerancia y el sentido común. Y si así se piensa, ¿con qué moral se critica al presidente del Estado que viajó a Rusia con recursos del Estado y luego movilizó todo un aparato de propaganda para convertir su paseo en una actividad oficial?