El fallecimiento de la última embajadora de El Salvador en Bolivia, luego de no haber sido aceptada en siete clínicas privadas, visibiliza internacionalmente una situación con la que estamos familiarizados en nuestro país: la falta de humanidad en los servicios de salud.
Los médicos subieron notoriamente sus puntos este año, tanto que se convirtieron en los puntales de la resistencia al nuevo Código Penal que finalmente fue derogado en una de las pocas derrotas oficiales y públicas del gobernante Movimiento Al Socialismo.
Durante el tiempo que duró la resistencia, el apoyo a los médicos se tradujo, incluso, en letreros que lo expresaban públicamente y que la gente fijaba en puertas, ventanas y parabrisas. Fue un lapso en el que, debido a que la mayoría buscaba la abrogación de la resistida norma, casi nadie habló de negligencia médica o de la falta de calidez en la atención en los servicios de salud.
En realidad, el trato displicente de muchos médicos, enfermeras y auxiliares es tan común que se nos ha hecho normal.
Y es que la mayoría desconoce que, si bien el juramento hipocrático no es una obligación para los médicos recién titulados, sí existen normas éticas que éstos deben seguir y más aun tratándose de profesionales que tienen en sus manos la vida de las personas.
Existen diferentes modelos de juramentos éticos, desde la versión moderna del de Hipócrates, modernizado por la segunda Asamblea General de la Asociación Médica Mundial, en Ginebra, en 1948, hasta el de Luis Lasagna, redactado en 1964. El denominador común de todos es el respeto por la salud y la vida del enfermo, el respeto por la vida humana, la calidez humana, compasión y comprensión hacia el enfermo.
Pero si recordamos la forma en la que los pacientes son tratados, especialmente en las clínicas estatales o de la seguridad social, llegaremos a la conclusión de que los profesionales en salud de Bolivia no deben prestar ningún juramento a la hora de iniciar el ejercicio de su profesión.
El caso de la embajadora es similar al de cientos, tal vez miles de pacientes, que acuden a un centro de salud pero no reciben atención médica inmediata. Lo que reporta la Embajada es que la diplomática no fue recibida hasta en siete clínicas porque en éstas no había espacio, o bien no se contaba con un especialista para tratarla. En ambos casos, estamos hablando de faltas que ameritarían la clausura de esos establecimientos de salud ya que, por lógica, éstos deberían estar preparados para resolver cualquier tipo de emergencia.
Y aunque efectivamente no hubiera espacio en alguna clínica, lo menos que debería hacer su personal de emergencia es verificar la salud del paciente. De haber procedido de esta manera, tal como señalan los juramentos éticos en Medicina, se habrían enterado de que la paciente se estaba muriendo y quizás hubieran hecho algo para salvarla.
Sin embargo, en Bolivia no existe la política de atender a un paciente grave. Si no tiene carnet de asegurado, en el sistema de seguridad social, o bien no cuenta con dinero para pagar la internación, no se lo recibe en un centro de salud y punto. Así murieron muchas personas.
En Bolivia tenemos un caso tristemente célebre, el del fallecido humorista Peter Travesí. Como saben quienes recuerdan su historia, el artista se sintió mal y acudió a una clínica pero no le recibieron, acudió a otra y así, hasta que finalmente falleció.
Lo propio ocurrió con la embajadora salvadoreña con una diferencia sustancial: lo sucedido no se quedará en Bolivia para engrosar las estadísticas. Habrá un informe que la legación diplomática preparará para su gobierno y, en ese documento, el prestigio del país quedará por los suelos, como el de un paciente que se desmaya porque no le atienden oportunamente.
El caso de la embajadora salvadoreña no se quedará en Bolivia para engrosar las estadísticas. Habrá un informe que la legación diplomática preparará para su gobierno y, en ese documento, el prestigio del país quedará por los suelos