A partir de la posición física de los delegados a la Asamblea Nacional de Francia, el mundo se acostumbró a llamar izquierda a quienes planteen el reformismo y derecha a los que defienden el conservadurismo.
El devenir de la historia y el desarrollo de la filosofía política se encargaron de aportar la base teórica para marcar sus diferencias, aquellas que muchas veces provocaron revueltas, revoluciones, la caída de regímenes y hasta conflagraciones bélicas.
Por ello, es indudable que existen diferencias entre izquierda y derecha pero también resulta evidente que, cuando esos polos extienden sus extremos más allá de lo debido, éstos terminan uniéndose.
Los extremos se unen y, al hacerlo, ya no se puede distinguir cuál es la izquierda y cuál es la derecha. Las acciones de unos son iguales a las de los otros y el que sale perdiendo es el ciudadano porque no puede diferenciarlos. Se confunde y, si es de quienes ejercen su derecho al voto conscientemente, no sabe por cuál optar.
Sin necesidad de recurrir a los abominables ejemplos de Venezuela y Nicaragua, donde ya funcionan regímenes dictatoriales camuflados de legalidad, podemos orientar nuestra mirada en Estados Unidos para sostener lo afirmado. Allí, en el gran imperio del norte, el teórico bastión tradicional de la derecha, gobierna Donald Trump, un curioso ejemplar de persona que, según describe el periodista Bob Woodward, actúa como un niño de diez u 11 años.
No es necesario pertenecer a los círculos próximos a ese presidente, ni siquiera vivir en Estados Unidos para saber que esa afirmación es cierta. Desde mucho antes de ser elegido, Trump era conocido por su misoginia, racismo y soberbia, tras características que, al mezclarse, arrojan como resultado un deleznable ser humano.
La misoginia de Trump se manifiesta constantemente. Es más… el presidente tuvo que pagar fuertes sumas de dinero para que algunas de sus parejas sexuales guarden silencio respecto a los detalles de su intimidad. Su racismo se expresa en los hechos, cuando, prevaliéndose de su poder de mando, está promoviendo la construcción de un muro en la frontera con México que motivará más vergüenza aún que el que alguna vez existió en Berlín. Finalmente, su soberbia es la que le hace actuar sin límite alguno y, como revela Woodward, determina que sus allegados deban esforzarse por contenerlo.
Quizás esas sean características individuales, no necesariamente vinculadas a los conceptos de izquierda y derecha, pero existe un elemento en común entre ambos polos: el odio a la prensa.
Desempeñado sin influencias externas, el periodismo es una actividad que necesariamente confronta al poder pues los que lo ejercen son personas que están obligadas a responder ante la sociedad. Los políticos, sean de izquierda o derecha, no lo entienden así y se estrellan contra los medios.
Trump, que teóricamente es la derecha de la derecha, está enfrentado a la prensa de su país. Woodward es periodista y un periódico considerado de derecha, el New York Times, publicó el artículo de un supuesto alto funcionario de ese régimen que hace más revelaciones sobre uno de los gobiernos más truculentos en la historia de Estados Unidos.
En Bolivia, donde teóricamente gobierna un régimen de izquierda, los ataques a la prensa son múltiples y variados. El último de todos estos intentos será una ley que, increíblemente, normará una conducta tan subjetiva como es la mentira.
Así, ubicándonos en los extremos de estos gobiernos, uno de derecha y otro de izquierda, veremos cómo se unen éstos y los convierten en lo mismo.
Es más, las mismas características individuales de Trump que mencionamos en este editorial, –misoginia , racismo y soberbia– pueden encontrarse también, y en considerables cantidades, en el presidente Evo Morales.
Desempeñado sin influencias externas, el periodismo es una actividad que necesariamente confronta al poder pues lo ejercen personas que están obligadas a responder ante la sociedad. Los políticos, sean de izquierda o derecha, no lo entienden así y se estrellan contra los medios