Es una sorpresa agradable ver un campo lleno de paneles solares como un lago en la planicie que cobija al impresionante Salar de Uyuni. Son 105 hectáreas de paneles solares que producirán 60 megavatios de energía eléctrica cada día, suficiente para cubrir la demanda de la mitad de la población del departamento de Potosí, que se acerca a 900 mil habitantes.
Aunque no está entre las plantas solares más grandes del mundo, –hay algunas que ocupan miles de hectáreas–, la planta fotovoltaica de Uyuni es un proyecto que muestra que las energías alternativas son una realidad en el país. El comienzo de la energía alternativa es un paso importante para depender menos de las energías fósiles, que provienen de los hidrocarburos, y están relacionadas con la contaminación del aire y el cambio climático en el planeta.
Con el gran potencial que tiene el país para la producción de energía solar, este proyecto es un gran paso para la conservación de la naturaleza y evitar que se construyan hidroeléctricas en áreas protegidas de invalorable riqueza ecológica y cultural, como el proyecto Bala-Chepete sobre el río Beni que inundaría más de 600 kilómetros cuadrados y obligaría al desplazamiento de más de 5.000 personas. En contraste, las plantas fotovoltaicas se construyen en territorios áridos donde la alta radiación solar es constante, como se registra en el altiplano boliviano.
La planta solar de Uyuni es una buena noticia para el país y es un mérito para el gobierno del presidente Morales, cuya figura está en el centro del debate político nacional, por la cuestionada habilitación como candidato presidencial para las elecciones de 2019. Más allá de la polémica, se debe reconocer que el proyecto de Uyuni marca el inicio en Bolivia de una tendencia actual que es una respuesta al grave problema del cambio climático, provocado por el calentamiento global debido al uso de energía proveniente del petróleo y del carbón mineral.
Es importante resaltar que las políticas de energía alternativa deben guardar una coherencia con las políticas de conservación del patrimonio natural, de manera que se realicen proyectos acordes con la meta de proteger el medio ambiente y el equilibrio ecológico y no como una compensación a los daños causados, a veces irreversibles, en ecosistemas de alta riqueza biológica como los que se encuentran en tierras bajas de Bolivia. En otras palabras, si se apuesta por la energía solar y eólica no se podrá apostar también por la expansión de la frontera agrícola a costa de bosques lluviosos que son tan valiosos para la oxigenación de la atmósfera.
Solo el tiempo y los resultados permitirán concluir si la energía alternativa en nuestro país responde a una preocupación honesta por el medio ambiente o, más bien, se trata de seguir una tendencia mundial para ganarse el aplauso de la comunidad internacional como abanderados del cuidado del planeta. Sin duda que principios y hechos deben tener una relación para ser un ejemplo sólido a nivel mundial.