¿Último capítulo de telenovela mexicana?

CIENCIA CUÉNTICA 21/11/2018
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as clásicas telenovelas mexicanas nos brindan un chorizo interminable de dramas y una solución casi mágica en el último capítulo: todos se convierten y son buenos y el mundo retorna al paraíso que un interminable y repetitivo entuerto le había extirpado.

Ahora, fin de año surgen en muchos, actitudes reales de querer solucionar, lo que no se solucionó durante largas jornadas, ahora, en un tiempo breve: los malos estudiantes que quieren superar sus deficiencias académicas o conductuales en el último bimestre; padres de familia que nunca o muy poco habían intervenido en el preocupante asunto de los hijos, asoman como los más dedicados y atentos, los más preocupados y consagrados progenitores.

Deseos navideños de bienestar, cuando en todo el año se practicó lo contrario. Seguros universales, cuando sin ellos los hospitales ya colapsaban; para colmo, ninguna mejora en la salud. Supongo que las telenovelas copian nomás de la vida y por eso arrojan tanta carga lacrimógena y tanta repetición, que sólo varían en sus títulos.

Supongo que este es el defecto que a todos nos toca, el querer traducir la bondad en los ritos y en los actos: la patria, al estado ahora, en un desfile para olvidar luego lo que realmente significa practicar al estado en honradez, talento y crecimiento. Los ritos religiosos para olvidar que debemos ser buenos hijos de Dios durante todos los días de nuestras vidas, en cada y toda circunstancia. Los padres que abrazan a sus hijos quizás sólo en sus cumpleaños y “se ahorran el cariño” sólo para estas circunstancias.

Lo que el corazón o el hábito no cargan no puede reflejarse en intentos tardíos, que hasta parecen mentirosos o fingidos, que quitan la seriedad al compromiso, que nos convierten en saltimbanquis que dicen prometer seriedad y conversión cuando en realidad, lo que somos, lo que no queremos practicar de bondad, nos haga regresar al antiguo ser, a la mediocridad de siempre y a la promesa incumplida.

Si en los estudios no se emplea uno a fondo, perdón por el término deportivo, durante todos los días, todos los bimestres, no se podrá ser buen estudiante sólo en el último bimestre; si un esposo o una esposa están a punto de perder el matrimonio, no lo salvará con las simples promesas que sólo apestan en el último capítulo, cuando la trama fue harto más insensata. Cuando un padre sólo aparece a última hora en las oficinas de los profesores o en las direcciones demuestra que la magia más real es la que se opera en lo cotidiano, no en el afán de última hora, cuando la cosa ya es demasiado tarde.

El alarde de bondad de último momento es sospechoso desde todo punto de vista, primero porque no surte efecto; segundo, porque parece un disimulo de lo que no se es ni se ha practicado en la vida real; tercero, lo que se prometa no se cumplirá, ni los milagros ocurrirán sólo porque se diga que habrá un cambio de actitud, más disciplina o dedicación.

Por eso el tiempo navideño puede ser engañoso y alienante si es que en realidad no tenemos en nosotros la bondad practicada, la exigencia en marcha ni la hermandad en acción. Será tan mentiroso como los argumentos del último capítulo de una telenovela mexicana, en el que todos parecen reventar de redención, bondad y arrepentimiento; algo así como el lema de los concursos de belleza: World peace (paz en el mundo o mundial), cuando el mundo se desgañita en odiarse y en hacer guerras.

No caigamos en la hipocresía de ensartarnos cambios mentirosos para seguir actuando asuntos contrarios a nuestras promesas. El mundo posible sólo lo será cuando nuestros actos, actitudes y conversiones vayan en ese sentido, lo contrario es una simple promesa alienante e inútil, la eterna repetición de lo mismo.

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