La muerte de Bolívar

EDITORIAL 17/12/2018
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Los tiempos pasan, las conmemoraciones también.

En los primeros años de Bolivia, los fastos estaban dedicados a fechas como las de las batallas de Ayacucho y Pichincha y, desde luego, la fundación del país. Las fundaciones de las ciudades, que todavía estaban en la nebulosa, no tenían tanta importancia y había hechos que ahora recordamos y, para entonces, aún no habían ocurrido.

Por decreto del 11 de agosto de 1825, la batalla de Ayacucho se convirtió en fiesta nacional. El artículo noveno de esa norma señalaba que “el día 9 de diciembre será consagrado en fiesta cívica, en todo el territorio de la república, en celebridad y grata memoria de la eminente gloriosa jornada de Ayacucho”. No se había tomado la misma previsión respecto a la Batalla de Pichincha pero, mientras el mariscal Sucre permaneció en territorio boliviano, se la celebró de igual manera.

Como se sabe, Simón Bolívar recibió los mayores homenajes posibles mientras estuvo en nuestro país. Se bautizó con su nombre el país que surgía luego de la Guerra de la Independencia y a él se le entregaba el mando del Estado, amén de los centenares de regalos que se le dio, incluyendo la ahora famosa medalla presidencial.

Su natalicio fue declarado fiesta nacional pero no llegó a celebrarse de manera oficial ya que el artículo quinto del referido decreto establecía que “el nacimiento del Libertador será anualmente una fiesta cívica en todo el territorio de la república; mas, esta resolución no tendrá efecto sino después de la vida de S. E.”.

Como Bolívar falleció un día como hoy, 17 de diciembre, pero del año 1830, ese artículo nunca se ejecutó pues apenas dos años antes se había producido la revuelta en contra del presidente Sucre y la permanencia de las tropas colombianas, a las que llegó a denominarse “ejército de ocupación”.

Por tanto, entre 1825, año de la visita de Bolívar a Bolivia, y 1830, cuando falleció el libertador, las cosas habían cambiado radicalmente. En los primeros días de la nueva república, Bolívar era un héroe elevado a dimensiones inconmensurables. En 1830 era considerado el responsable de la “ocupación extranjera”, supuestamente ejercida por las tropas de la Gran Colombia, y el culpable de la convulsión en la que había caído el joven país.

Desde luego, la acusación era injusta. Para 1830, buena parte de los territorios liberados por Bolívar estaban en caos pero más por las ambiciones personales de los nuevos dueños del poder; es decir, los primeros políticos, que por las acciones atribuidas al libertador.

Solo ahora, con la distancia que permiten los años y a la luz de los documentos, se puede afirmar que Bolívar propuso medidas destinadas a evitar que los nuevos países, que ni siquiera tenían

leyes propias, se convulsionen como consecuencia de luchas internas. Pero los que aspiraban a ejercer el poder lo veían como un obstáculo a sus aspiraciones y complotaban en su contra. Llegaron, incluso, a planificar su muerte.

En 1830, el sudamericano que conoció la mayor gloria del siglo XIX estaba marginado, calumniado y escarnecido. Tanto efecto le había causado aquella feroz campaña que su salud se quebrantó y envejeció de pronto. Su cuerpo no pudo soportar demasiado sus enfermedades así que falleció el 17 de diciembre de 1830 a la temprana edad de 47 años.

Su nacimiento se convirtió en fiesta mucho tiempo después de su fallecimiento. Su bicentenario fue un acontecimiento continental.

Empero, poco es lo que se dice de su muerte. Quizás porque, más allá de lo bueno y lo malo que pudo haber hecho, la mayoría de los bolivarianos llevamos en las espaldas la culpa de haberlo conducido a la muerte con tanta ingratitud que su última frase fue un lamento: “¡He arado en el mar!”.

Más allá de lo bueno y lo malo que pudo haber hecho Simón Bolívar, la mayoría de los bolivarianos llevamos en las espaldas la culpa de haberlo conducido a la muerte con tanta ingratitud que su última frase fue un lamento: “¡He arado en el mar!”

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