La fiesta de la Sagrada Familia que celebra la Iglesia este domingo, es una prolongación de la Navidad –seguimos celebrando la Navidad–. Tenemos que pasar, a partir del aspecto más popular de las fiestas navideñas, que es una jornada entrañable de regalos para los niños y adultos, a la celebración de lo que es el objetivo fundamental de un Dios que se hace hombre para salvarnos. Dios escogió nacer y vivir en familia para experimentar en la existencia humana lo que es el fundamento de la felicidad de la persona: vivir en familia.
Antes de considerar la familia de Jesús, la familia de Nazaret, transportémonos al cielo donde está la familia de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios es familia. No se puede pensar en la familia de Dios en el cielo sin tener en cuenta el elemento que los hace idénticos e iguales al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo: el amor es lo que hace familia divina a la Santísima Trinidad. El ejemplo del Dios uno y trino, se constituye en el modelo perfecto de toda familia cristiana.
Al querer hacerse Jesús uno más de la humanidad para poder salvarnos, escogió constituir otra familia, la familia de Nazaret, conformada por María, José y Jesús. Esta es la familia de Dios en la tierra, pues Jesús es al mismo tiempo Dios y hombre. Claramente la oración colecta de esta fiesta nos dice lo que es para todas familias el “maravilloso ejemplo a los ojos del pueblo” para que imitando “sus virtudes domésticas y su unión en el amor”, podamos llegar a “gozar de los premios eternos en el hogar del cielo”.
La fiesta de hoy no nos da soluciones técnicas y económicas para la vida social o familiar, pero nos ofrece las claves más profundas, humanas y cristianas de esta convivencia. Todos sabemos, especialmente los avanzados en edad, que las condiciones sociales y el modo de relacionarse padres e hijos en comparación con lo que leemos en el libro de la Biblia de Sirácida o el mismo Pablo en su tiempo han cambiado, pero los principios y los valores principales siguen ahí: el respeto mutuo, el amor, la solidaridad, la tolerancia, la ayuda mutua. El texto bíblico de hoy nos dice de Jesús: “Y les estaba sujeto”.
En esta fiesta, la palabra de Dios y el ejemplo de la familia de Nazaret, somete a juicio nuestra contribución a formar la gran familia que es el reino de Dios, a través de nuestra propia familia, de nuestra vida familiar, o a través de nuestra vida célibe consagrada si nos ha sido dado sacrificar por entero los lazos de carne y sangre para entregarnos con mayor libertad y amplitud a construir esta familia universal de los hijos de Dios que es el reino.
También somete a juicio a las familias cristianas, llamadas a una revisión de manera personal y conjunta. Personalmente cada uno debe revisar su visión acerca de la familia y su vivencia del propio papel en la vida familiar: cónyuges, padres, hijos, hermanos. Comenzando por el concepto y la vivencia del amor en todas sus dimensiones. Mirando cada uno hasta qué punto contribuye al bien común.