El Diccionario de la Lengua Española (DLE) define “adulonería” como “adulación servil”; es decir, una actitud en la que una o más personas descienden en la escala de la dignidad humana para ponerse por debajo de aquella a la que se rinde pleitesía. El mismo DLE señala que “servil” no solo es “perteneciente o relativo a los siervos y criados” sino aquella actitud con la “que (una persona) de modo rastrero se somete totalmente a la autoridad de alguien”.
La adulonería es un exceso, una práctica que no se limita a la alabanza; es decir, a “manifestar el aprecio o la admiración por algo o por alguien, poniendo de relieve sus cualidades o méritos” sino a exagerarlos. Así, uno ya no se refiere a un pintor destacando uno de sus cuadros o un conjunto de ellos sino que se llega a decir que es “el mejor de los pintores” pese a que las cualidades siempre son relativas y, por tanto, siempre habrá uno que esté por encima de otro.
En ese marco se inscribe la actitud de los concejales de Santa Cruz que en lugar de simplemente felicitar al alcalde de ese municipio, Percy Fernández, por su octogésimo aniversario de nacimiento, armaron toda una parafernalia que incluye una ley municipal que declara textualmente que se debe rendir “honores al mejor alcalde de Bolivia, al alcalde de Santa Cruz y de Bolivia más veces elegido en la historia por voto popular”. Aunque lo segundo está sujeto a confirmación —pues son los datos oficiales del Tribunal Supremo Electoral los que deben señalar quién es el alcalde de Bolivia elegido en más ocasiones—, lo primero es totalmente discutible porque se trata de una cuestión eminentemente subjetiva.
Es lógico que un concejal de la agrupación política de Fernández crea que este es “el mejor alcalde de Bolivia” ya que gracias a él está ganando un suculento sueldo de la Alcaldía de Santa Cruz pero ninguno de ellos puede afirmar que esa sea la opinión de los habitantes del resto del Estado boliviano. Nuestro país tiene más de 400 municipios y nadie puede afirmar que en alguno de ellos no exista alguno con una aprobación tan alta de parte de sus electores que muchos de ellos lo consideren el mejor de Bolivia. Si tomamos en cuenta los datos históricos; es decir, de anteriores administraciones municipales, la lista podría incrementarse.
Por lo afirmado, la adulonería de los concejales cruceños —que además se tradujo en actos públicos— se inscribe en la misma línea de aquellos militantes del partido en función de gobierno que, sin una base historiográfica sólida, afirman que Evo Morales es el mejor Presidente de Bolivia y, por tanto, debería ser reelegido indefinidamente.
Unos y otros confunden lo personal con lo público y usan recursos del Estado para expresar su adulación. Los concejales usaron su poder de mando en la Alcaldía cruceña y en el MAS existen varias pruebas de uso de recursos para alabar al presidente como, por ejemplo, los hospitales y unidades educativas que llevan su nombre. A eso se debe agregar la profusa propaganda que aparece en cuadernos y textos escolares con el personaje de “Evito” y el siempre criticado museo que se erigió en Orinoca y hasta ahora no justifica el costo que representó construirlo.
La adulonería es una práctica que ultraja al que la ejecuta. Curiosamente, ese detalle parece no ser advertido en los niveles de gobierno en los que se ha convertido en moneda corriente. El propio Presidente cayó en ella al felicitar a un alcalde que en el pasado fue elegido por el “neoliberal” MNR y al que él, ahora, le da un título que era honroso entre los pueblos indígenas: amauta.