¿Elogio de la mediocridad?

- También a mí me gusta escribir, padrecito…

- ¡Qué bien! ¡Me encanta oír eso! ¿Y qué estás escribiendo últimamente?

Así te expresaste en nuestra última conversación de hace unos días. Antes de llegar al punto de comentarme tu linda afición, me hiciste confidente de un buen número de experiencias que han construido el criterio con que enfrentas hoy tu vida.

Disfruté harto escuchándote. Es que cuando un adolescente se “suelta” porque necesita compartir su capital interior, los educadores, demostrando cercanía y atención con su mirada y con todo su porte, se atreven a recorrer territorios inexplorados con el cariño y el respeto que toda persona necesita. Esta actitud se hace urgente y necesaria cuando tenemos delante un niño, un adolescente, un joven…

Entonces el educador sensato y prudente disfruta y –¿por qué no?– aprende, seguro, alguna lección de vida, encajándola con la madurez y sabiduría del que se sabe frágil y necesitado aún de muchas enseñanzas.

- Pues estoy escribiendo… lo que podemos llamar un Diario –fue tu respuesta–. Ya se lo enseñaré para que me dé su opinión.

Tras mi sonrisa de aprobación pensé que tenía delante un chico excelente. Nada mediocre. Entonces empecé a barajar en mi interior las palabras que no te definen: vulgar, común, mezquino, gris, anodino.

Disculpen mis lectores si empleo ciertos términos un tanto raros. Esos que no usamos en nuestro lenguaje de familia o de calle. Necesito que mis lectores más jóvenes conozcan y se interesen por otras palabras que amplíen su vocabulario.

Antes de despedirnos, todavía me diste la oportunidad de alentar algún tema espinoso que te entristecía. Una lágrima tímida se asomó humilde a tu mirada y la hizo más transparente.

Y te alejaste, agradecido, justo en el momento en que el timbre del hogar-internado reclamaba el final de la jornada. Los afanes que marcaron las horas del día se acurrucaron en busca de nuevos sueños. Recé una oración para que los tuyos, buen chaval, te regalasen destellos de proyectos mágicos en ilusiones renovadas.

Pero, ¿será que la mediocridad anda suelta?

De sobra distinguimos una cabeza y un corazón bien armados. En las conversaciones que tenemos en el aula, en el patio de recreo, en la catequesis parroquial, en la cancha, en la calle, nos damos cuenta del tesoro que encierran algunos jóvenes y, desgraciadamente, del sinsentido y simpleza de otros. Aquéllos traslucen un cierto encantamiento capaz de forjar un futuro prometedor. Éstos se mueven en un círculo limitado de vocablos y acontecimientos que no van más allá del aquí y ahora.

Por si fuera poco, las adicciones que rodean a nuestros jóvenes –las de siempre y las de hoy– les desbocan, descolocan y, faltos de disciplina y horizontes, se dejan arrastrar sin criterios sensatos tras espejismos ramplones. Pura mediocridad.

Por supuesto que los educadores no debemos ser críticos construyendo diferencias, desprecios y preferencias en torno a las personas que se nos acercan. No lo hagamos con los adolescentes y jóvenes.

Erraría si no me reclamase solicitud a lo más profundo que habita en el corazón y el alma de la persona mediocre. Dios, que todo lo hizo bien y bello, me asegura la bondad original del ser humano. Creo en ello firmemente.

Por tanto, es labor nuestra, queridos educadores, hacer brotar el caudal de fortuna que recorre las venas de todos y cada uno de nuestros jóvenes. Es una grave responsabilidad.

El afecto, la cercanía, la ternura que les ofrezcamos dará nuevos significados a sus vidas… y a las nuestras. Nunca olvidemos las historias del pasado, buenas y malas, que marcan su presente y comprometen su futuro.

¿Elogio de la mediocridad? No. Jamás. Pero sí mucha fe en las chicas y los chicos para intuir en ellas y ellos un sinfín de posibilidades. De ningún modo les abandonemos.

Mientras, espero poder leer algunas páginas de tu Diario. Las que tú me permitas. Serán magníficas.

 

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