BITÁCORA DEL BÚHO

Octavio Paz, celebrando a un poeta universal

(…) “El tiempo y sus combinaciones: los años y los muertos y las sílabas, cuentos distintos de la misma cuenta. Espiral de los ecos, el poema es aire que se esculpe y se disipa, fugaz alegoría de los nombres verdaderos. A veces la página respira: los enjambres de signos, las repúblicas errantes de sonidos y sentidos, en rotación magnética se enlazan y dispersan sobre el papel. Estoy en donde estuve: voy detrás del murmullo, pasos dentro de mí, oídos con los ojos, el murmullo es mental, yo soy mis pasos, oigo las voces que yo pienso, las voces que me piensan al pensarlas. Soy la sombra que arrojan mis palabras”.

“Pasado en claro” es el cauce poético más extraordinario para rememorar el ayer vestido de blanco, inocente, limpio. Silente y nada ceremonioso. Octavio Paz evoca, clama, convierte sus pensamientos en palabras, las siente y las pronuncia. Lo que no tiene nombre no existe. Lo que fue siempre estará, tendrá nombre y cuerpo y también sentimientos. Como esos tiempos y lugares en donde vivimos momentos felices, asumiendo en tono suave que la ventura era un soplo en el corazón de la vida.

“Óyeme como quien oye llover, ni atenta ni distraída, pasos leves, llovizna, agua que es aire, aire que es tiempo” (…)

El tiempo horizontal de Paz refleja la mirada universal del hombre cargado de razones para hacer y vivir en poesía, comulgando con una presencia omnipresente que lo lleva a preguntarse si no sería mejor transformar la vida en poesía que hacer poesía con la vida”.

Los espacios de Paz reflejan acciones que se van uniendo unas a otras para formar un universo de propósitos y de propuestas. Su poesía es propuesta, no como una luz inspiradora sino como una profunda reflexión que nos lleva a descifrar al poema como un objeto discursivo, casi lúdico y rítmico que a pesar de tener un principio, no parece tener un final.

En “El arco y la lira”, Paz establece descripciones claras y dicotómicas sobre poesía y poema. Nos conduce por caminos distintos para enfrentar dos personalidades que, aunque se acarician, se diferencian en su esencia descriptiva.

“Lo poético es poesía en estado amorfo; el poema es creación, poesía erguida”.

Pero también está ese descubrimiento del mundo a través de la palabra, establecer una línea directa hacia la realidad.

(…) “No predecir: decir. Mundo suspendido en la sombra, mundo mondo, pulido como hueso, decir es mondadura poda del árbol de los muertos” (…).

La palabra se convierte en los ojos del poeta, a través de ella mira e interpreta una realidad ajena y suya que así como le hace un ser diáfano, lo exalta con gritos. “Dales la vuelta, cógelas del rabo (chillen, putas), azótalas, dales azúcar en la boca a las rejegas, ínflalas globos, pínchalas, sórbelas sangres y tuétanos, sécalas, cápalas, písalas, gallo galante, tuérceles el gaznate, cocinero, desplúmalas, destrípalas, toro, buey, arrástralas, hazlas, poeta, haz que se traguen todas sus palabras”.

No predecir, decir. La poesía de Paz es la interpretación sincera de una realidad que necesita ser desgarrada y encausada hacia una reflexión en la que filosofía y poesía se unen en un instante sagrado, brillante.

“Las palabras se conducen como seres caprichosos y autónomos”.

El ritmo en la poesía paziana es de ascenso y descenso. Es de ida y de vuelta, en ambas media ese deseo desenfrenado de descubrir el mundo a través de la palabra. La palabra abierta y precisa, ese decir antes que predecir incita al poeta a ser un hostigador que obliga a la realidad a desvelar su misterio más íntimo. Al mismo tiempo esa realidad le da herramientas al lenguaje. “El lenguaje, como el universo, es un mundo de llamadas y respuestas; flujo y reflujo, unión y separación, inspiración y espiración. Unas palabras se atraen, otras se repelen y todas se corresponden”.

Como en “El errante querubínico”, del poeta germano Ángelus Silesius, la poesía de Paz se transforma en un mundo de llamadas y respuestas. Palabras que se atraen, se repelen y se corresponden.

“La rosa sin un porqué, florece porque florece, no presta atención a ella misma, no se pregunta si uno la ve”.

El tiempo y espacio en la poesía paziana es vital y metafórico. Tiempo para describir la acción más inmediata, espacio para que esas acciones tengan su propia luz, su flujo y reflujo.

“Quieto, no en la rama, en el aire, no en el aire, en el instante, el colibrí”.

El tiempo atrapado en el instante, ese instante inspirado en un ave que es al mismo tiempo realidad y metáfora, nace de la quietud y termina en una intención. La importancia de la instantaneidad se antepone a lo perpetuo.

La circularidad en la poesía de Paz va marcando tiempos, ritmos y con ellos se va tejiendo en filigrana una textura única que es cuerpo. No se detiene, es cíclica y al serlo, regresa al punto de partida, se presenta con otros cuerpos y otros ritmos.

“El tiempo no está fuera de nosotros, ni es algo que pasa frente a nuestros ojos como las manecillas del reloj: nosotros somos el tiempo y no son los años sino nosotros los que pasamos”.

Pero tiempo y ritmo, como anota Paz en El arco y la lira, emprenden dos destinos adversos. “El tiempo posee una dirección, un sentido. El ritmo realiza una operación contraria a la de relojes y calendarios”.

Al final se reencuentran, irremediablemente, para cerrar ese círculo y corroborar lo que enfatiza en “El fuego de cada día”: “La poesía cambia con el tiempo pero sólo, como el tiempo mismo, para volver al punto de partida”.

Paz se definía como poeta, pero también considero que, a contrapelo de esto, su obra ensayística contiene un gran valor universal. No solo por su originalidad de sus discursos, o su diversidad de inagotables fuentes de conocimiento, sino también por su rigurosidad en el lenguaje. La palabra como timón inobjetable del poeta y del narrador que lo conduce por escenarios abiertos, libres y universales que, mientras los recorre, los va coloreando, dándoles vida, ornamentando lugares, personajes y tiempos históricos. Octavio Paz fue, pues, un poeta del pensamiento, antes que de la emoción.

En “El laberinto de la soledad”, Paz indaga la compleja idiosincrasia en México, el mestizaje y el origen precolombino de muchas de sus fiestas populares; se interroga a sí mismo y aventura la hipótesis de que la historia de México es la del hombre que busca su filiación, su origen, y quiere volver al centro de la vida que ha perdido, no sabe si en la Conquista, o en la Independencia.

En el libro, que muchos mexicanos consideran un retrato injusto, Octavio Paz describe a sus compatriotas como “nihilistas” instintivos que se esconden detrás de máscaras de soledad y ceremoniosidad.

Para muchos, El laberinto de la soledad es una “mentada de madre” en un México contradictorio y diverso donde el pasado, el presente y el futuro conviven en una aparente armonía, ocasionando a veces rupturas culturales e históricas que obligan a la creación de muros en donde, con frecuencia, se estrellan las tradiciones. Por tanto, como sostiene Paz, el ser mexicano comprende convivir en una constante dualidad antitética: entre la vida y la muerte, la alegría y la tristeza, la pertenencia y el desarraigo.

El pasado 31 de marzo se celebraron los 105 años de su nacimiento y el próximo 19 de abril se cumplirán 21 años de su muerte. Cierto, los poetas no mueren, quedan encantados, quietos, inertes. 21 años sin Paz, en esa búsqueda incesante por intentar que la poesía invada, o cuanto menos atisbe, el lenguaje de la humanidad. En ese sesgo de ver a la poesía como una forma de vida, pero también, sucumbir por ella, ante ella.

Tal vez sea como dijo el poeta portugués Fernando Pessoa: “El poeta es un fingidor, finge tan completamente que llega a fingir el dolor, el dolor que él de veras siente”. Yo, por mi parte, quiero creer que Octavio Paz siempre fingirá su muerte.

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