¡Qué difícil es la conversión de los “buenos”!

Esta es la última semana de cuaresma.  El próximo domingo es Domingo de Ramos, la puerta de Semana Santa, en la que celebraremos el acontecimiento del hecho central de la fe cristiana: la Muerte y Resurrección de Cristo. Las lecturas de hoy, nos hablan de novedad, de renovación, de conversión, de cambio, de caminar hacia adelante para vivir la Pascua. Así lo oímos en uno de los prefacios de la cuaresma: “en muestro itinerario hacia la luz pascual, seguimos los pasos de Cristo, nuestro maestro y modelo de la humanidad reconciliada en el amor”. Por ello, “pongamos los ojos fijos en Cristo”, como nos recomienda la carta a los hebreos.

Este domingo recurrimos a Juan, apóstol y evangelista, en una página que los autores consideran más propia del evangelista Lucas, el evangelista de la misericordia, que del mismo Juan: el perdón de la adúltera. La pregunta que los fariseos hacen a Jesús es una verdadera trampa, piensan que lo agarraran en algo que ellos buscaban: ¿hay que proceder a la lapidación de la mujer sorprendida en adulterio?  Se ve que la ley que hoy nos escandaliza en los países musulmanes, existía en el pueblo judío.  Jesús escapa de la trampa. Diciéndoles: “el que esté sin pecado tire la primera piedra”. Así, con elegancia, concede a la mujer su misericordia, su perdón, pero invitándola a cambiar de vida: “anda y en adelante no pequen más”.

Impresiona la agudeza con que Cristo desbarata la trampa que le había tendido. Consuela y edifica el respeto y la delicadeza con que trata a la mujer y la suave, con que, sin atenuantes ni concesiones, la envía, perdonada, a una nueva vida: “Vete, y no peques más”. Así se pone de manifiesto el mundo nuevo que nace de la resurrección: es el mundo del perdón, de la gratuidad, en el que los pecadores son bien recibidos. También se nos enseña que el perdón no se gana, pues es un regalo de Dios.

A estas alturas de la cuaresma con las palabras de Jesús, se nos invita no tanto a identificarnos con la pecadora, que espera sanción y escucha una voz de perdón, como a ponernos en el lugar de los escribas y fariseos. Ellos son los típicos representantes del mundo viejo Se nos quiere prevenir contra la posibilidad de imitarlos en sus tristes actitudes de excesiva estima de sí y demasiada severidad para con el otro. Se trata de la conversión de los “buenos”, mucho más difícil que la de los “malos”. La mayoría de los que leen este artículo periodístico, quizás no tengan graves pecados, y nos cuesta identificarnos con la mujer pecadora. Nos vemos buenos, decentes, sin pecado. Difamamos ... En la oración, “yo confieso” pedimos perdón por los pecados de pensamiento, palabra, obra y omisión. De verdad, ¿nos arrepentimos de estos pecados? Por ejemplo, ¿nos arrepentimos y confesamos de los muchos pecados de omisión que hay en todos?

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