Bolivia revive hoy, como todo el mundo católico, la pasión y muerte de Jesucristo.
Sin entrar en polémica sobre el significado religioso de la fecha, hay que hablar sobre los simbolismos de los que está revestida no sólo para el catolicismo sino la humanidad en general.
Lo primero que se debe tomar en cuenta es el sacrificio. Lo que se dice es que Jesús murió por todos nosotros, para liberarnos del pecado, pues su muerte abrió el paso al mecanismo religioso de la eucaristía que, en el marco de la teología, es la que permite expiar nuestras culpas cuando éstas son confesadas a un sacerdote que es el que se encarga de absolverlas.
Sacrificio es una ofrenda que hace falta hoy en día. No es necesario inmolarse ni ofrecer la vida sino un “esfuerzo, pena, acción o trabajo que una persona se impone a sí misma por conseguir o merecer algo o para beneficiar a alguien”. El diccionario de la Real Academia Española agrega otro significado: “acto de abnegación inspirado por la vehemencia del amor”.
Bajo esos parámetros, que no son precisamente religiosos, cabe preguntarse cuántas personas están dispuestas a sacrificarse por los demás. ¿Cuántas están dispuestas a realizar esfuerzos, imponerse penas, acciones o trabajo o, más aún, cuántas pueden realizar actos de abnegación sólo por amor a los otros? La respuesta es “muy pocos”.
Ahí tenemos, entonces, un elemento para la reflexión en este Viernes Santo. Si muchas personas estarían dispuestas a sacrificarse por los demás, entonces se facilitaría la vida de muchísimas personas. Automáticamente, las penas disminuirían porque el apoyo de los que tienen algo hacia los que no tienen nada permitiría llenar vacíos. En una idealización de resultados, disminuiría la mendicidad.
Lo segundo es la solidaridad, entendida esta como la “adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros”. Este elemento surge a la sombra de la cruz o, para ser más precisos, por el efecto inmediato de la muerte de Jesús en circunstancias tan espantosas. Cuando él es conducido al monte Calvario, luego de haber sido flagelado, provoca la solidaridad de las mujeres de Jerusalén que lloran y hasta intentan asistirlo. A su muerte, la conmoción es mayor y todos se solidarizan con María, su madre.
¿Es que acaso el ser humano necesita que ocurra una tragedia para solidarizarse con sus hermanos? La muerte no debería ser la única circunstancia en la que bajamos la cabeza y expresamos apoyo a otros, a los deudos. Deberíamos sentir esa misma empatía en otras circunstancias.
Y la muerte, que es la que triunfa en este Viernes Santo, también es motivo de reflexión. Ante su inminencia, cabe preguntarse cuál es el sentido de la vida. “¿Qué tan útil es la acumulación de bienes o la de conocimientos?”, cuestionó ayer, en su homilía, el presidente de la Conferencia Episcopal Boliviana. Si acumular resulta inútil, a la hora de la muerte, ¿no es mejor trabajar, si bien no por un legado, para dejar un buen recuerdo?
Finalmente, se debe tomar en cuenta el elemento clave de la Semana Santa: la resurrección. No vamos a detenernos aquí a hablar sobre si efectivamente un hombre, como fue Jesús de Nazaret, volvió de la muerte o no porque nos vamos hacia el simbolismo de ese retorno. En Viernes Santo, el mundo católico se sumerge en el dolor porque Jesús ha muerto pero la Biblia dice que resucita al tercer día, el Domingo de Pascua.
Se trata, entonces, de la esperanza. Si la muerte, que suele plantearse tan definitiva, puede superarse, así sea con simbolismos, eso significa que los seres humanos podemos superar todos los obstáculos, incluso aquellos que parecen imposibles. De eso, entonces, se trata la Semana Santa.