Si los dirigentes sindicales de las empresas privadas no pueden transar con sus empleadores, lo propio pasa con los de las estatales. A partir de ahí, la conducta de la dirigencia de la Central Obrera Boliviana (COB), que forma parte de las organizaciones que apoyan al gobierno, bien puede calificarse de traición al sindicalismo estatal
Si bien el sindicalismo es uno solo, existen diferentes tipos de sindicatos. Los hay obreros, accionarios, agrícolas, de empresas, de funcionarios, de oficios, mixtos y hasta patronales. Sus fines y objetivos difieren de sus naturalezas.
Sin embargo, el origen de todos ellos está en el sindicalismo obrero que, en sus inicios, era simplemente el de los trabajadores manuales. Artesanos y jornaleros, conocidos en conjunto como “obreros”, se organizaron en los primeros años de la revolución industrial con el propósito de defender sus derechos. Los poderosos de entonces, incluidos los gobernantes, consideraron un peligro que existan organizaciones de obreros y las prohibieron. La mejor prueba de esa represión es la Ley Le Chapalier de 1791.
Su génesis histórica determina la esencia y funciones del sindicalismo. Tal como apuntamos anteriormente, en este mismo espacio, un sindicato es una asociación integrada por trabajadores en defensa y promoción de sus intereses laborales ante el empleador con el que están relacionados contractualmente. La relación contractual está determinada por la existencia de empleadores, que son los que contratan y pagan salarios, y empleados, aquellos que venden su fuerza de trabajo a cambio de una remuneración.
El pago de salarios es una inversión, porque es la que permite contar con fuerza laboral, pero, a raíz de la mecanización surgida en la revolución industrial, los empleadores lo consideran más bien un gasto y, como tal, debería ser evitable o, por lo menos, traducirse en la menor suma posible. En el otro lado están los empleados que no cuentan ni con capital ni con máquinas para simplificar su trabajo sino simplemente con su fuerza laboral y utilizan esta para obtener el dinero; es decir, el salario que les permita alimentarse a ellos y a sus familias.
Como se ve, la relación contractual empleador-empleado no es armónica sino conflictiva, de pugna. Por eso es que doctrinal y esencialmente no se puede admitir la existencia de sindicatos de empleadores. Las organizaciones de estos deben llevar otro nombre.
Ahora bien, llevando este análisis a la realidad boliviana encontramos que existen dos tipos de sindicalismo: el privado, que corresponde a los sindicatos de empleados de las empresas privadas, y el estatal, que es su equivalente con las empresas estatales o, para simplificar las cosas, con el Estado. Como sabemos, el Estado es representado por el gobierno o gobiernos que, por esa condición, se convierten en los empleadores de las empresas estatales o públicas.
Por su naturaleza y esencia, los sindicatos privados no pueden transar con sus empleadores privados. Cuando se trata de obtener algo, surge el conflicto y lo ideal es llegar a un acuerdo que satisfaga a ambas partes. De no ser así, los dirigentes sindicales son considerados traidores o vendidos a los patrones.
¿Y qué pasa con las empresas estatales? Ocurre lo mismo con la diferencia de que el empleador no es privado sino público y puede ser algún nivel del gobierno: central, departamental o municipal.
Si los dirigentes sindicales de las empresas privadas no pueden transar con sus empleadores, lo propio pasa con los de las estatales. A partir de ahí, la conducta de la dirigencia de la Central Obrera Boliviana (COB), que forma parte de las organizaciones que apoyan al gobierno, bien puede calificarse de traición al sindicalismo estatal.
La COB recibe prebendas y ya ha anunciado que tendrá hasta una canal de televisión. El presidente, por su parte, anunció públicamente que la oposición sindical ha desaparecido.
La traición se ha consumado.