No hace falta levantar una encuesta, con el costo económico que eso implica, para afirmar que, si las elecciones fueran hoy, el ganador absoluto sería Evo Morales. Y el resultado no sería una consecuencia de los aciertos del ganador sino de los errores de los vencidos; es decir, la oposición.
La lectura del mapa electoral demuestra que buen porcentaje del territorio está pintado de azul. Así comenzó y no ha variado demasiado con el paso de las semanas.
Intentemos explicar por qué:
El primer gran error de la oposición fue el fraccionamiento. A sabiendas que tenían un enemigo poderoso al frente; es decir, el partido que está en el ejercicio del poder y, por eso mismo, puede disponer de recursos del Estado para su campaña, decidieron lanzarse cada uno por su lado. La razón para ello la expusimos en sendos editoriales: intereses individuales. Cada uno de los candidatos a la presidencia está convencido de que él y solo él es el indicado no solo para derrotar al presidente sino para reemplazarlo solventemente en el cargo.
Exceptuando a Samuel Doria Medina, que fue el único que tuvo la visión de dar un paso al costado, todos los demás se lanzaron irreflexivamente a la arena. Algunos incluso sin tener posibilidades de triunfo.
El segundo error fue aceptar las primarias a sabiendas de que estas no fueron convocadas para democratizar las organizaciones políticas sino para posicionar al binomio oficialista pese a que está inconstitucionalmente inhabilitado para participar en las elecciones. Al participar en las primarias, el presidente y vicepresidente se revistieron de un dejo de legalidad que ya sirve como argumento.
El tercer error, que es el que se mantiene al presente, es utilizar métodos anacrónicos en sus campañas políticas. Uno de ellos es la guerra sucia. Como se puede ver y escuchar diariamente, los candidatos y sus partidos no solo atacan al oficialismo, que es el enemigo principal, sino que también se atacan entre ellos. Y ahí está la gravedad de su error… nacieron fraccionados y, al pelear, hacen más grande –e irresoluble– su división.
Pero apartémonos un momento de esos errores colectivos para una observación necesaria: los ataques no son precisamente variopintos sino que están dirigidos hacia un candidato en particular, el de Comunidad Ciudadana. Cabe, entonces, preguntarse cuál es la motivación de estos inteligentes opositores que, en lugar de desgastar al enemigo principal, dirigen su artillería hacia uno de ellos. ¿Le tienen miedo?.. ¿Sus encuestas reflejan una realidad que no se ve en las que se realizan de manera independiente?
Y, finalmente, el último error que apuntamos es el efecto que causará esta guerra interna que han desatado algunos candidatos de la oposición. Por una parte está el efecto contrario de la guerra sucia, que es el principal riesgo que apareja. Si siguen así, es probable que el candidato atacado reciba la solidaridad de los indecisos y suba su votación. El otro posible efecto es que el desprestigio al atacado se traduzca en la decisión de apoyar al Gobierno. Es decir… el razonamiento de los indecisos podría orientarse a que es mejor quedarnos como estamos que cambiar hacia una oposición tan complicada.
Como se ve, aun previendo diferentes caminos, el resultado de la guerra sucia entre opositores termina favoreciendo al oficialismo. Con razón es el mismísimo presidente el que pide que la oposición tenga un candidato único.