El domingo pasado, Jesús invitaba a sus discípulos a tomar la cruz de cada día, ahora se acerca la hora de su Pasión y Muerte y da por terminada la predicación en Galilea. No nos interesa tanto el aspecto geográfico del viaje, sino lo que va a suponer para Jesús y para nosotros esta “subida a Jerusalén”, va a dar cumplimiento a la voluntad del Padre muriendo en la cruz por todos. Hoy damos inicio a una nueva y definitiva sección de capítulos, del 9 al 19 del evangelio de San Lucas. Es San Lucas quien nos dice que Jesús tomó la decisión de subir a Jerusalén. Durante diez capítulos, el evangelista explicará cómo va Jesús caminando con los apóstoles y otras personas que se le adhieren durante el camino. Camino largo y con detención. Camino de grandes enseñanzas.
Jesús llama a un orden nuevo. Ese orden nuevo supone el paso del abandono de los lazos naturales más profundos y sagrados, para retomarlos después, purificados, elevados, robustecidos, acrecentados. Los llamados por Jesús volverán a sus hogares para brindar un nuevo cariño, participación del amor misericordioso de Dios por la humanidad. Esto no quiere decir que se pueda invocar, sin más, a Jesús como motivo para el abandono o descuido de los deberes del hogar. Al contrario, la prueba de la autenticidad del llamado consistirá en que duela desprenderse de la propia gente, pues no se ve el seguimiento del Maestro como liberación de una carga; y el amor familiar renace con nuevos bríos desde la perspectiva de la fe.
Se trata de que sigamos a Cristo en libertad y no nos dejemos distraer ni por los bienes materiales ni por la familia ni por los muertos. Siguiendo el mismo ejemplo de Jesús, que siguió su camino hasta la cruz con gran responsabilidad y sin dejarse distraer por nada en el camino. La fe y su testimonio son valores absolutos para Jesús. Todo lo demás es relativo o secundario. No se puede servir a dos señores. El apóstol Pablo pone una disyuntiva a los fieles, los gálatas, que todavía es actual, vivir según el Espíritu o vivir según los criterios de este mundo, o sea, según la “carne”. El Papa Francisco, gran maestro espiritual de la Iglesia, nos llama reiteradamente a liberarnos de la mundanidad, o sea de los criterios mundanos. Todos los cristianos tenemos que renunciar a algo para ser seguidores de Jesús, él nos deja en libertad para hacerlo o no.
¡Libertad! ¡Libertad! Es el profundo anhelo de cada persona, es un gran don de Dios. Posesión siempre precaria, necesitada de defensa y cultivo para no diluirse en nuevas formas de esclavitud. El seguimiento de Cristo, la subida a Jerusalén, no es la resignación a un destino inexorable, sino el compromiso libre y amoroso de una voluntad libre. La libertad no es la capacidad de seguir las propias ocurrencias y caprichos. “No se haga mi voluntad, sino la tuya”, dice Jesús. El cristiano vive la libertad en la entrega generosa a los demás. La libertad cristiana está basada en las exigencias del amor: “sean esclavos unos de otros por amor”.